Ruinas De Libertad
(Escrito en 1989)                                                                                    1     2     3     4     5     6     7     8     9     10     11   12 
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1

 

 

En el remanso de mi piel augusta… Media luna: lumbre fulgente que delineaba el claroscuro de una bestia galopante bajo el fuete impertinente de una fugitiva…

 

 

 

 

2

 

 

-Me dijo tu prima que salías a cabalgar al avanzar la noche. ¿Por qué no lo haces ahora?

-Estás tú… -asintió aquella figura de espaldas a mí, mientras yo escudriñaba en el interior de una gaveta, intentando encontrar la plumilla perdida.

-¿Sólo por mí?

-La plumilla está en aquél cajón. El de la derecha –señaló con voz gélida sin responder a mi curiosidad.

 

 

 

 

3

 

 

Su galope era violento  e  insensato…  como si no sintiese piedad, ni de la bestia ni de ella misma. Estaba particularmente alterada.  Antes paseaba entre la oscuridad, a paso.  La quietud de su andar no perturbaba ni el silencio ni la tormenta.

 

 

 

 

4

 

 

Dejé aquél objeto sobre una pequeña mesa para que ella lo tomase. Aún no me permitía acercármele.  Nunca le había visto el rostro, ni en fotos!  Sólo una áurea cabellera que terminaba en un desorden elegante sobre sus hombros. Solamente conocía de ella su espalda y su voz; aquélla, de pausado acento y suave tono.

Ella escribía  y  no lo hacía mal.  Encerrada entre cuatro paredes,  ¿cuánto tiempo haría que no veía un amanecer  o  una imagen que fuese diferente de la suya reflejada en aquel espejo?

Estaba enterada de lo que pasaba en el mundo,  pero éste no tenía noticias de ella, ¿qué había sido de aquel ser?  Más que una cárcel, parecía el reino donde ella decidía quién entraba y hasta dónde…

Ansiaba conocer sus ojos,  seguramente serían profundos  y  llenos de enigmas por descifrar.  Nada parecía importarle más allá de sus líneas.  No me permitía dar un paso más adelante de los tres metros de distancia que entre ambas había.  ¿Amigas?  Sí, a pesar de esto, lo éramos. Amiga de una sombra que me daba su dorso.  Oscuridad sólo alumbrada con la tenue luz de la bombilla de una lámpara de mesa.

Absurdos, eso eran para mí sus costumbres: tanto el periódico y revistas, como sus comidas, les eran entregados por una ventanilla bajo la puerta.

Yo había entrado porque sí, no porque ella me lo permitiese. Era la única persona que salía y entraba a su antojo  o  necesidad de aquel estudio, decorado en rústico cedro y piedras.

 

 

 

 

5

 

 

-¿Quién vive en esa casa? –pregunté  a  Gabriela mirando desde el pasillo una diminuta luz que se dejaba divisar en la profundidad del cielo ennegrecido- ¿Obreros de la hacienda?

-¿Cuál casa? –inquirió aquella que me alcanzaba los pasos.

-Esa –le indiqué con un gesto-, la cercana a los establos.

-Ahí vive mi prima  Rebeca… desde hace más de cinco años.  Jamás la han visto desde entonces. No sale de ahí.  Sólo dos cosas entran ahí:  alimentos  y  el periódico de cada día. Nada más.

-¡Imposible! ¡Nadie puede vivir así! ¿Qué le sucedió? ¿Puedo saberlo?

-Ven… vamos a la sala. Hace frío.

-Pero tus padres están adentro y seguramente no querrán que yo conozca la historia.

-Ambos se fueron a dormir hace rato.

-Rebeca…

 

 

 

 

6

 

 

Seguramente se había enterado de que me iría, tenía que volver a la ciudad, mi estadía en la hacienda no tenía la intención de hacerse eterna,  mucho menos prolongarse tanto como ya había sucedido.  Todos se despertaron al escucharla.  No quise ir tras ella… tampoco entraría en su estudio después que regresara.

 

 

 

 

7

 

 

-Ella se casó… hace algún tiempo…  Eran una pareja muy especial. Dicen que eran más que el uno para el otro.  Alegres, dinámicos.  Discutían de vez en cuando, sí, lo normal. Más en broma que en serio! Para ellos era otra de las formas que tenían de expresar su amor.  Se sabía cuando estaban en realidad disgustados… no se hablaban. Disculpa, tengo sed. Vamos a la cocina.

-Está bien.

 

 

 

 

8

 

 

Casi las doce y aquélla no volvía…

 

 

 

 

 

 

9

 

 

-Tenían dos años de casados.  Estaban estabilizando sus vidas y disfrutando un poco del hecho de poder estar juntos y solos, sin más responsabilidades. Pero ya querían tener hijos. Él estaba realmente ansioso, ilusionado…

-Entonces, ¿qué pasó?

-El accidente ocurrió el día de su cumpleaños… él quedó imposibilitado para procrear… Lo había tomado bien, aparentemente…  Ella no hallaba la manera de hacerlo olvidar…  Ignacio era su todo y no le importaba si tenían hijos  o  no. Lo amaba a pesar de aquello…

 

 

 

 

 

10

 

 

Rebeca regresaba con el caballo, a paso… entró con sigilo, se dejó caer en el sofá del estudio y ahí, con el fuete apretado entre sus manos, se durmió.

 

 

 

 

 

11

 

 

-Un grito atemorizante nos sobresaltó aquella noche…  Fue desgarrador…  Mis tíos y yo cenábamos, no estaban mis padres… El no había querido comer  y  ella acababa de tomar su té, dejando el plato intacto. Luego se fue a acompañarlo en el estudio, ese mismo…

-¿Por qué no me lo habrá contado?

-Lo ignoro… pero, ¿cómo? ¿Acaso tú…?

-Sí… pero como nadie parecía comentar algo al respecto preferí preguntártelo sin que supieras que había entrado.

-Comprendo… es muy duro –se le quebró la voz-. Todos salimos a ver qué sucedía… La encontramos abrazándolo, con una mano sobre el cuello intentando detener la sangre que le brotaba de la herida que se había hecho en la garganta. Estaba sin vida… Halló el suicidio como el camino más fácil. Demasiada perfección!  Su defecto oculto era la cobardía! ¡No le importó Rebeca! ¡Nada!

-¡Calla! …no puedo más. Es…es tan desagradable, triste! No sé…

-¿La has visto? ¿Cómo está su aspecto? Recuerdo que era muy bella.

-No lo sé. Siempre está de espaldas a mí.

 

 

 

 

12

 

 

Me cansé de esperar tu salida… Me voy sin querer volver.

 

 

 

 

 

13

 

 

Estaba en mi casa con Aloe, mi hija… discutíamos sus calificaciones, problemas…

 

 

 

 

 

14

 

 

Sus manos se deslizaban sobre aquella piedra… Palpaba su textura… Perdía la mirada… Me recordaba…

Por primera vez en muchas fechas su voz se dejó escuchar por aquél teléfono, el de color rosa sobre la mesa de acero y cristal: <<Búsquenla, donde sea…>>  Y me buscaron.

La encontré llorando con la tez entre sus manos.  Me acerqué lentamente, esperaba el “¡alto!” que me detuviera el paso, mas ya había pasado la barrera de aquellos tres metros… y nada decía. Seguí entonces y me incliné frente a ella.  Con mis manos tomé las suyas y las retiré suavemente de su piel. Las solté y le subí el rostro por la barbilla… Más que perfecta, era una obra de arte comparable sólo con las del gran Miguel Ángel!  El perfil más delicado que en mi existencia había conocido. Era increíble que la penumbra la ocultase con tal desacierto! El tiempo casi se había detenido en su ser! Su llanto era cristalino…

-¿Por qué me buscas? –bastó aquella pregunta para que se echara sobre mí abrazándome fuertemente, como si intentase retenerme. Y yo que no pensaba siquiera marcharme, no sin saber aquel por qué.

-Me haces falta.  Después de tu presencia…  Ya no puedo soportar la soledad.  Es ajena a mí!  Ya no le pertenezco… Necesito tenerte hurgando silenciosamente a  mi  alrededor, curioseando como una chiquilla intranquila.

-Sal de aquí y no te hallarás sola!

-¡Es que no quiero conocer a más nadie!

-Quiero tu libertad… No pretendas que permanezca aquí encerrada junto a ti!

-Háblame de tu vida… amiga…

-Para ello tendrás que pagar un precio muy alto…

-¿Cuál?

-Prometamos primero que ambas cumpliremos con nuestra parte.

-Está bien, prometido.

-Bueno, te cambio mi historia por… tu libertad.

-¿¡Mi libertad!?

-Sí, saldrás de aquí cuando haya terminado de contarte todo…

-No podría.

-¡Claro que sí! Lo has prometido.

Cada segundo del reloj me era infinito. Tendríamos todo el tiempo a nuestra disposición para derramar la tinta de mi existencia sobre las páginas de su curiosidad.

No era mucho. Todo, sin detalles, lo hubiese podido contar así: diseñadora, viuda, madre adoptiva… He sufrido sí, pero sigo adelante… Siempre adelante!

Callaba de vez en cuando, esperaba una interrogante de sus labios. No habían más enigmas en sus ojos que en los míos.  Los de ella eran claros  y  brillantes, puros.  En cambio los míos encerraban un lejano tormento y una herida profunda… Tenían brillo, sí, mas no aquel que dice de la gente que no posee un dolor intenso. De esos que por más que se les intente olvido, en algún momento y casi siempre de manera inoportuna, saltan desde adentro, zafándose de las telarañas del alma para causar el desajuste total de nuestro cariz, inevitablemente.

Casi terminaba mi narración cuando ella exclamó de súbito que me detuviera.

 

 

 

 

 

15

 

 

El sol resplandecía y la hierba fresca danzaba con el pasar del viento, aún con el rocío en sus cuerpos… Ella respiraba y corría como liebre… Tomaba las flores silvestres entre sus manos y, cuando parecía que las iba a arrancar, las soltaba tras un suspiro… Sonreía como nunca…!  Parecía una escena de Disney!  El renacer le salía por los poros!  Limpiaba su cuerpo del polvo que lo cubría, por dentro. Yo ahí, mi lucha había terminado…

-¿Por qué te vas ahora? ¿No puedes quedarte?

-¿Vendrías conmigo?

-No, basta con todo esto. Tenías razón: existo y no carezco de ningún miembro de mi cuerpo. Debo andar libre y compartir. Gracias…!  Me has devuelto la confianza… Vuelve pronto.

-Mi hija se alegrará al saber lo que hemos logrado… Te llamaré seguido.

-Yo también.

-Has sido la madre que nunca conocí, la hermana, la amiga. Gracias a ti…

 

 

 

 

 

 

16

 

 

Apuntaba con el arma a su pecho, temblaba  y  sudaba. Disparó cerca de su hombro. Rebeca le gritaba que deseaba morir  y  ella se lo preguntaba una  y  otra vez tras un disparo  y  otro, más cercano…

Ambas estaban solas. Gabriela  y  sus padres no regresaban aún.

Aquella celebrada libertad había tenido otro testigo: un hombre sin piedad ni conciencia. Ella leía a la luz de su lámpara de mesa… Entró, forcejearon, la golpeó… Su boca sangraba, estaba llena de hematomas…  La brutalidad de aquél la había obligado a cerrar definitivamente aquella puerta… por vez primera…

-¿Quieres morir? ¡Cobarde! ¡Siempre encerrada! Es muy fácil! ¡Él murió y nadie importa más! No te importó nunca tu familia… te les negaste, los olvidaste –cargó el revólver  y, otro disparo-. Dime de que valió mi tiempo!?

Estaba oscuro…

-¡Enciende la luz! –Rebeca no se movió- No importa, lo haré yo…

Su rostro demacrado, ceñido a los huesos, amoratado y aún con las huellas de sangre en los brazos, piernas… en sus labios, su nariz. Estaba atormentada y tan sólo decía que deseaba la muerte.

-¡Mátame yaaa, dispara eso  o  lo haré yo! –pero temía que una de esas balas le cruzara el pecho, pero continuaba pidiendo la muerte. Otro disparo…- ¡Mátame, hazlo!

-¡Cobarde! ¿Quieres morir, huir como Ignacio? –en ese instante entró Gabriela, tras ella, sus padres.

-¡Detente! ¿Qué locura es ésta? ¿Qué haces? –exclamó Gabriela sin salir de su asombro ante tal escena.

-¡No te metas, ella quiere morir! –otro disparo  y  un sobresalto más- ¡Tus padres no pudieron volver  a verte, les cerraste la puerta en las narices, cobarde!

-¡Mírame! ¡Ese hombre… -era inútil, aquélla estaba fuera de sí, por más que hubiese encendido la luz no reaccionaba, no veía, sólo gritaba desesperada…

-¡Ellos se cansaron de tocar a tu puerta, de intentar que salieras y tú –no se doblegaba y Rebeca se alzó violentamente a la defensiva, tan sólo las separaba el arma que ambas empuñaban. Quedaron impávidas, un segundo quizás.

-¡Mentira!

-¡Los hiciste sentir culpables y no lo eran!

-¡Sí lo eran! ¡Culpables, culpables! ¡Esa puerta nunca estuvo cerrada! ¡Siempre abierta, esperando el consuelo de alguien y nunca, nunca intentaron hablar conmigo! ¡Jamás se acercaron a este lugar! Jamás estuvo cerrada… -su voz bajó enjugando la rabia que la carcomía desde aquellas fechas- Ellos se olvidaron de mí… -ojos inocentes- Nunca preguntaron por mí…! Les importó un comino mi dolor, mi desesperación… se desentendieron de mí!  ¡Malhaya sea, sí los culpo! Y ahora ese desgraciado… ¡Mírame! ¿¡Esto es tu libertad!? Me golpeaba y no podía contra él, intentaba gritar y me callaba a golpes… Le arañaba la cara y no podía, no podía ¡no podía! –se desplomó.

El arma cayó, junto con las lágrimas de aquellos ojos que se sentían más que culpables… La miró desde la punta de los pies hasta el último cabello… Un error… Crimen de una actitud frívola… inhumana… Se arrodilló. Mudos los testigos, demasiado impresionados para articular palabra… Se le acercaba con temor… le alcanzó los dedos y sus manos se estremecieron.

Rebeca sostenía la mano de aquélla y le preguntaba en  un desvarío que  “dónde está mi regalo, el que me trajo la Navidad…”  Nunca tuvo quien le creyera, soledad: ardid que ocultaba con orgullo sus temores, dudas, errores, amores…

Nada era más cruel que observar a esos dos seres tratando de alcanzarse el uno al otro… Una temía de la oscuridad… de ser expósita.  Cuando se abrazaba a la vieja muñeca de trapo ya raída en busca de protección… Otra preguntaba dónde estaban las velas de su pastel de cumpleaños… Dónde la cuna chiquirritilla que le prometió su papá para que su muñequita de yeso durmiera…

Se abrazaron  y  lloraron hasta el cansancio…

 

 

 

 

 

 

17

 

 

Que el mundo no se entere que mi corazón guarda con celo un amor perdido…  Esa chica entró  sin siquiera pedir permiso, como adivinando que se lo negaría con mi silencio. Respetó mis condiciones, leyó mis letras y las amó, las comprendió… esa personita me recordó a Ign… simplemente me lo recordó.  Contaba unos treinta y tantos, y era una criatura… Que me condene mi Dios… que no sepa ni mi almohada que esta niña… que… que esta mujer que quiere darme la libertad es…

 

 

 

 

 

18

 

 

-Decide amiga… no soy quien para hacerte reencontrar con este mundo… no puedo hacer más… Ni siquiera sé cómo disculparme. Si pudiese devolver el tiempo…

-No hace falta… no eches sobre ti culpas que no te corresponden.

 

 

 

 

 

19

 

 

Que estas líneas las lea ella cuando yo no esté…

 

 

 

 

 

 

20

 

 

Se levantó, le dio su dorso,  miró a los testigos pétreos… y salía… un disparo.

 

 

 

 

 

 

21

 

 

Me ardió en la garganta… que no conozca la tinta ni el hilo de este papel que ella es… ni el secreto ni el silencio. Que desaparezca aquél error que cometí cuando aún no lo había conocido a él, Ignacio, mi cobarde y amado esposo… el que no es su padre… ni más cobarde que yo... Que no sepa que me dio vergüenza el que fuera de mi vientre fruto indeseable. Que hoy la amo, que hoy me enorgullezco de ella, que hoy me importa más que la vida propia… que ignore… que en mi muerte y sobre mi tumba llora…sin saber que soy…

Que no sepa ni la razón de mi abandono… que se entere de mi arrepentimiento… que siempre supe dónde estaba, con quién vivía… que lloré la muerte de mi yerno. Que alguna vez la observé de lejos y llegué a pasar por  su lado sin que advirtiese mi presencia.

Que esa rosa marchita, de llanto humedecida, calle a perpetuidad! Que con prontitud se aleje de mí… que desconozca que entre las páginas de un libro azul están estas palabras… que ese último disparo fue mi último error… Daniela… mi último latido.

Yo era tu madre…

 





 
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