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1
En el
remanso de mi piel augusta… Media luna: lumbre
fulgente que delineaba el claroscuro de una
bestia galopante bajo el fuete impertinente de
una fugitiva…
2
-Me dijo tu prima que salías
a cabalgar al avanzar la noche. ¿Por qué no lo
haces ahora?
-Estás tú… -asintió aquella
figura de espaldas a mí, mientras yo escudriñaba
en el interior de una gaveta, intentando
encontrar la plumilla perdida.
-¿Sólo por mí?
-La plumilla está en aquél cajón. El de la
derecha –señaló con voz gélida sin responder a
mi curiosidad.
3
Su
galope era violento
e
insensato…
como
si no sintiese piedad, ni de la bestia ni de
ella misma. Estaba particularmente alterada.
Antes
paseaba entre la oscuridad, a paso.
La
quietud de su andar no perturbaba ni el silencio
ni la tormenta.
4
Dejé
aquél objeto sobre una pequeña mesa para que
ella lo tomase. Aún no me permitía acercármele.
Nunca
le había visto el rostro, ni en fotos!
Sólo una áurea
cabellera que terminaba en un desorden elegante
sobre sus hombros. Solamente conocía de ella su
espalda y su voz; aquélla, de pausado acento y
suave tono.
Ella
escribía
y
no
lo hacía mal.
Encerrada
entre cuatro paredes,
¿cuánto
tiempo haría que no veía un amanecer o
una imagen que fuese diferente de la suya
reflejada en aquel espejo?
Estaba
enterada de lo que pasaba en el mundo,
pero
éste no tenía noticias de ella, ¿qué había sido
de aquel ser?
Más
que una cárcel, parecía el reino donde ella
decidía quién entraba y hasta dónde…
Ansiaba
conocer sus ojos,
seguramente serían
profundos
y
llenos
de enigmas por descifrar.
Nada
parecía importarle más allá de sus líneas.
No
me permitía dar un paso más adelante de los tres
metros de distancia que entre ambas había.
¿Amigas?
Sí,
a pesar de esto, lo éramos. Amiga de una sombra
que me daba su dorso.
Oscuridad
sólo alumbrada con la tenue luz de la bombilla
de una lámpara de mesa.
Absurdos, eso eran para mí
sus costumbres: tanto el periódico y revistas,
como sus comidas, les eran entregados por una
ventanilla bajo la puerta.
Yo
había entrado porque sí, no porque ella me lo
permitiese. Era la única persona que salía y
entraba a su antojo
o
necesidad
de aquel estudio, decorado en rústico cedro y
piedras.
5
-¿Quién
vive en esa casa? –pregunté
a
Gabriela
mirando desde el pasillo una diminuta luz que se
dejaba divisar en la profundidad del cielo
ennegrecido- ¿Obreros de la hacienda?
-¿Cuál casa? –inquirió
aquella que me alcanzaba los pasos.
-Esa –le indiqué con un
gesto-, la cercana a los establos.
-Ahí
vive mi prima
Rebeca…
desde hace más de cinco años.
Jamás la han visto
desde entonces. No sale de ahí.
Sólo dos cosas
entran ahí:
alimentos
y
el
periódico de cada día. Nada más.
-¡Imposible! ¡Nadie puede
vivir así! ¿Qué le sucedió? ¿Puedo saberlo?
-Ven… vamos a la sala. Hace
frío.
-Pero tus padres están
adentro y seguramente no querrán que yo conozca
la historia.
-Ambos se fueron a dormir
hace rato.
-Rebeca…
6
Seguramente se había enterado de que me iría,
tenía que volver a la ciudad, mi estadía en la
hacienda no tenía la intención de hacerse
eterna,
mucho
menos prolongarse tanto como ya había sucedido.
Todos se
despertaron al escucharla.
No
quise ir tras ella… tampoco entraría en su
estudio después que regresara.
7
-Ella
se casó… hace algún tiempo…
Eran
una pareja muy especial. Dicen que eran más que
el uno para el otro.
Alegres,
dinámicos.
Discutían
de vez en cuando, sí, lo normal. Más en broma
que en serio!
Para
ellos era otra de las formas que tenían de
expresar su amor.
Se
sabía cuando estaban en realidad disgustados… no
se hablaban. Disculpa, tengo sed. Vamos a la
cocina.
-Está bien.
8
Casi las doce y aquélla no
volvía…
9
-Tenían
dos años de casados.
Estaban
estabilizando sus vidas y disfrutando un poco
del hecho de poder estar juntos y solos, sin más
responsabilidades. Pero ya querían tener hijos.
Él estaba realmente ansioso, ilusionado…
-Entonces, ¿qué pasó?
-El
accidente ocurrió el día de su cumpleaños… él
quedó imposibilitado para procrear… Lo había
tomado bien, aparentemente…
Ella
no hallaba la manera de hacerlo olvidar…
Ignacio
era su todo y no le importaba si tenían hijos
o no. Lo
amaba a pesar de aquello…
10
Rebeca regresaba con el
caballo, a paso… entró con sigilo, se dejó caer
en el sofá del estudio y ahí, con el fuete
apretado entre sus manos, se durmió.
11
-Un
grito atemorizante nos sobresaltó aquella noche…
Fue
desgarrador…
Mis
tíos y yo cenábamos, no estaban mis padres… El
no había querido comer y ella
acababa de tomar su té, dejando el plato
intacto. Luego se fue a acompañarlo en el
estudio, ese mismo…
-¿Por qué no me lo habrá
contado?
-Lo ignoro… pero, ¿cómo?
¿Acaso tú…?
-Sí… pero como nadie parecía
comentar algo al respecto preferí preguntártelo
sin que supieras que había entrado.
-Comprendo… es muy duro –se le quebró la voz-.
Todos salimos a ver qué sucedía… La encontramos
abrazándolo, con una mano sobre el cuello
intentando detener la sangre que le brotaba de
la herida que se había hecho en la garganta.
Estaba sin vida… Halló el suicidio como el
camino más fácil. Demasiada perfección!
Su defecto oculto
era la cobardía! ¡No le importó Rebeca! ¡Nada!
-¡Calla! …no puedo más. Es…es
tan desagradable, triste! No sé…
-¿La has visto? ¿Cómo está su
aspecto? Recuerdo que era muy bella.
-No lo sé. Siempre está de
espaldas a mí.
12
Me cansé de esperar tu
salida… Me voy sin querer volver.
13
Estaba en mi casa con Aloe,
mi hija… discutíamos sus calificaciones,
problemas…
14
Sus manos se deslizaban sobre
aquella piedra… Palpaba su textura… Perdía la
mirada… Me recordaba…
Por
primera vez en muchas fechas su voz se dejó
escuchar por aquél teléfono, el de color rosa
sobre la mesa de acero y cristal: <<Búsquenla,
donde sea…>>
Y
me buscaron.
La
encontré llorando con la tez entre sus manos.
Me
acerqué lentamente, esperaba el “¡alto!” que me
detuviera el paso, mas ya había pasado la
barrera de aquellos tres metros… y nada decía.
Seguí entonces y me incliné frente a ella.
Con
mis manos tomé las suyas y las retiré suavemente
de su piel. Las solté y le subí el rostro por la
barbilla… Más que perfecta, era una obra de arte
comparable sólo con las del gran Miguel Ángel!
El
perfil más delicado que en mi existencia había
conocido. Era increíble que la penumbra la
ocultase con tal desacierto! El tiempo casi se
había detenido en su ser! Su llanto era
cristalino…
-¿Por qué me buscas? –bastó
aquella pregunta para que se echara sobre mí
abrazándome fuertemente, como si intentase
retenerme. Y yo que no pensaba siquiera
marcharme, no sin saber aquel por qué.
-Me
haces falta.
Después
de tu presencia…
Ya
no puedo soportar la soledad.
Es
ajena a mí!
Ya
no le pertenezco… Necesito tenerte hurgando
silenciosamente a
mi
alrededor,
curioseando como una chiquilla intranquila.
-Sal de aquí y no te hallarás
sola!
-¡Es que no quiero conocer a
más nadie!
-Quiero tu libertad… No
pretendas que permanezca aquí encerrada junto a
ti!
-Háblame de tu vida… amiga…
-Para ello tendrás que pagar
un precio muy alto…
-¿Cuál?
-Prometamos primero que ambas
cumpliremos con nuestra parte.
-Está bien, prometido.
-Bueno, te cambio mi historia
por… tu libertad.
-¿¡Mi libertad!?
-Sí, saldrás de aquí cuando
haya terminado de contarte todo…
-No podría.
-¡Claro que sí! Lo has
prometido.
Cada segundo del reloj me era
infinito. Tendríamos todo el tiempo a nuestra
disposición para derramar la tinta de mi
existencia sobre las páginas de su curiosidad.
No era mucho. Todo, sin
detalles, lo hubiese podido contar así:
diseñadora, viuda, madre adoptiva… He sufrido
sí, pero sigo adelante… Siempre adelante!
Callaba
de vez en cuando, esperaba una interrogante de
sus labios. No habían más enigmas en sus ojos
que en los míos.
Los
de ella eran claros
y
brillantes,
puros.
En cambio los míos
encerraban un lejano tormento y una herida
profunda… Tenían brillo, sí, mas no aquel que
dice de la gente que no posee un dolor intenso.
De esos que por más que se les intente olvido,
en algún momento y casi siempre de manera
inoportuna, saltan desde adentro, zafándose de
las telarañas del alma para causar el desajuste
total de nuestro cariz, inevitablemente.
Casi terminaba mi narración cuando ella exclamó
de súbito que me detuviera.
15
El sol
resplandecía y la hierba fresca danzaba con el
pasar del viento, aún con el rocío en sus
cuerpos… Ella respiraba y corría como liebre…
Tomaba las flores silvestres entre sus manos y,
cuando parecía que las iba a arrancar, las
soltaba tras un suspiro… Sonreía como nunca…!
Parecía
una escena de Disney! El
renacer le salía por los poros!
Limpiaba
su cuerpo del polvo que lo cubría, por dentro.
Yo ahí, mi lucha había terminado…
-¿Por qué te vas ahora? ¿No
puedes quedarte?
-¿Vendrías conmigo?
-No,
basta con todo esto. Tenías razón: existo y no
carezco de ningún miembro de mi cuerpo. Debo
andar libre y compartir. Gracias…!
Me has devuelto la
confianza… Vuelve pronto.
-Mi hija se alegrará al saber
lo que hemos logrado… Te llamaré seguido.
-Yo también.
-Has sido la madre que nunca conocí, la hermana,
la amiga. Gracias a ti…
16
Apuntaba con el arma a su
pecho, temblaba y sudaba. Disparó
cerca de su hombro. Rebeca le gritaba que
deseaba morir y ella se lo
preguntaba una y otra vez tras un
disparo y otro, más cercano…
Ambas estaban solas. Gabriela
y sus padres no regresaban aún.
Aquella
celebrada libertad había tenido otro testigo: un
hombre sin piedad ni
conciencia. Ella
leía a la luz de su lámpara de mesa… Entró,
forcejearon, la golpeó… Su boca sangraba, estaba
llena de hematomas…
La
brutalidad de aquél la había obligado a cerrar
definitivamente aquella puerta… por vez primera…
-¿Quieres morir? ¡Cobarde!
¡Siempre encerrada! Es muy fácil! ¡Él murió y
nadie importa más! No te importó nunca tu
familia… te les negaste, los olvidaste –cargó el
revólver y, otro disparo-. Dime de que
valió mi tiempo!?
Estaba oscuro…
-¡Enciende la luz! –Rebeca no
se movió- No importa, lo haré yo…
Su rostro demacrado, ceñido a
los huesos, amoratado y aún con las huellas de
sangre en los brazos, piernas… en sus labios, su
nariz. Estaba atormentada y tan sólo decía que
deseaba la muerte.
-¡Mátame yaaa, dispara eso
o
lo
haré yo! –pero temía que una de esas balas le
cruzara el pecho, pero continuaba pidiendo la
muerte. Otro disparo…- ¡Mátame, hazlo!
-¡Cobarde! ¿Quieres morir,
huir como Ignacio? –en ese instante entró
Gabriela, tras ella, sus padres.
-¡Detente! ¿Qué locura es
ésta? ¿Qué haces? –exclamó Gabriela sin salir de
su asombro ante tal escena.
-¡No te metas, ella quiere
morir! –otro disparo y un sobresalto
más- ¡Tus padres
no pudieron volver a verte, les
cerraste la puerta en las narices, cobarde!
-¡Mírame! ¡Ese hombre… -era
inútil, aquélla estaba fuera de sí, por más que
hubiese encendido la luz no reaccionaba, no
veía, sólo gritaba desesperada…
-¡Ellos se cansaron de tocar
a tu puerta, de intentar que salieras y tú –no
se doblegaba y Rebeca se alzó violentamente a la
defensiva, tan sólo las separaba el arma que
ambas empuñaban. Quedaron impávidas, un segundo
quizás.
-¡Mentira!
-¡Los hiciste sentir
culpables y no lo eran!
-¡Sí lo
eran! ¡Culpables, culpables! ¡Esa puerta nunca
estuvo cerrada! ¡Siempre abierta, esperando el
consuelo de alguien y nunca, nunca intentaron
hablar conmigo! ¡Jamás se acercaron a este
lugar! Jamás estuvo cerrada… -su voz bajó
enjugando la rabia que la carcomía desde
aquellas fechas- Ellos se olvidaron de mí… -ojos
inocentes- Nunca preguntaron por mí…! Les
importó un comino mi dolor, mi desesperación… se
desentendieron de mí!
¡Malhaya
sea, sí los culpo! Y ahora ese desgraciado…
¡Mírame! ¿¡Esto es tu libertad!? Me golpeaba y
no podía contra él, intentaba gritar y me
callaba a golpes… Le arañaba la cara y no podía,
no podía ¡no podía! –se desplomó.
El arma cayó, junto con las
lágrimas de aquellos ojos que se sentían más que
culpables… La miró desde la punta de los pies
hasta el último cabello… Un error… Crimen de una
actitud frívola… inhumana… Se arrodilló. Mudos
los testigos, demasiado impresionados para
articular palabra… Se le acercaba con temor… le
alcanzó los dedos y sus manos se estremecieron.
Rebeca
sostenía la mano de aquélla y le preguntaba en
un desvarío que
“dónde
está mi regalo, el que me trajo la Navidad…”
Nunca tuvo quien le
creyera, soledad: ardid que ocultaba con orgullo
sus temores, dudas, errores, amores…
Nada
era más cruel que observar a esos dos seres
tratando de alcanzarse el uno al otro… Una temía
de la oscuridad… de ser expósita.
Cuando
se abrazaba a la vieja muñeca de trapo ya raída
en busca de protección… Otra preguntaba dónde
estaban las velas de su pastel de cumpleaños…
Dónde la cuna chiquirritilla que le prometió su
papá para que su muñequita de yeso durmiera…
Se abrazaron y lloraron hasta el cansancio…
17
Que el
mundo no se entere que mi corazón guarda con
celo un amor perdido…
Esa chica entró sin siquiera pedir permiso, como adivinando
que se lo negaría con mi silencio. Respetó mis
condiciones, leyó mis letras y las amó, las
comprendió… esa personita me recordó a Ign…
simplemente me lo recordó.
Contaba unos
treinta y tantos, y era una criatura… Que me
condene mi Dios…
que no sepa ni mi almohada que esta niña… que…
que esta mujer que quiere darme la libertad es…
18
-Decide amiga… no soy quien
para hacerte reencontrar con este mundo… no
puedo hacer más… Ni siquiera sé cómo
disculparme. Si pudiese devolver el tiempo…
-No hace falta… no eches
sobre ti culpas que no te corresponden.
19
Que estas líneas las lea ella
cuando yo no esté…
20
Se
levantó, le dio su dorso,
miró a los testigos
pétreos… y salía… un disparo.
21
Me ardió en la garganta… que
no conozca la tinta ni el hilo de este papel que
ella es… ni el secreto ni el silencio. Que
desaparezca aquél error que cometí cuando aún no
lo había conocido a él, Ignacio, mi cobarde y
amado esposo… el que no es su padre… ni más
cobarde que yo... Que no sepa que me dio
vergüenza el que fuera de mi vientre fruto
indeseable. Que hoy la amo, que hoy me
enorgullezco de ella, que hoy me importa más que
la vida propia… que ignore… que en mi muerte y
sobre mi tumba llora…sin saber que soy…
Que no
sepa ni la razón de mi abandono… que se entere
de mi arrepentimiento… que siempre supe dónde
estaba, con quién vivía… que lloré la muerte de
mi yerno. Que alguna vez la observé de lejos y
llegué a pasar por
su lado sin que
advirtiese mi presencia.
Que esa rosa marchita, de
llanto humedecida, calle a perpetuidad! Que con
prontitud se aleje de mí… que desconozca que
entre las páginas de un libro azul están estas
palabras… que ese último disparo fue mi último
error… Daniela… mi último latido.
Yo era tu madre…
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