Estebanelvivo
(Escrito en 1992)                                                                                                                   1     2     3     4     5     6     7     8


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1

 

 

Monserrat empapaba su pan de centeno en el requesón como si quisiese ahogarlo en él sin intención alguna de llevárselo a la boca. Poco hacía que sus pies hinchados, oprimidos entre las inmundas sandalias, aún no habían cruzado el pórtico cuando fueron guiados al comedor. Allí había encontrado al joven Esteban, abstraído con su polenta…

Muchas vueltas había dado el minutero antes que un trago de agua fresca bastase para humectar y limpiar de polvo su garganta. Apartando el almuerzo intacto, cogió el portamantas que había depositado a su diestra y extrajo un libro desde un bolsillo interior cocido por él mismo en las gruesas telas de su abrigo. Era escasa la claridad que, a duras penas, se colaba por el postigo y delineaba a un niño de cabellos rubios en la carátula. Lo puso sobre la mesa, era un regalo para el quinceañero, el que abandonó su plato por hojearlo detenidamente… Tenía hermosos dibujos y un montón de cositas en tinta negra que le hizo recordar lo torpe que era con ellas. <<Es tuyo>>, dijo con la implacable sonrisa, innata característica, a veces nada oportuna. Sintiéndose comprometido, Esteban correspondió el regalo dando la respuesta callada semanas atrás…

Hermano menor de dos crápulas que, no hallando quehacer de utilidad, lo llevaron consigo de excursión para que se hiciese hombre… Arrinconado entre el bullicio, recibió en un catre su sentencia de muerte… Uno de ellos, el primogénito, regresó con sífilis. El otro, como si nada, entró y salió dejándoles en aquel lugar. Él… con sida… ¿Sus padres? Bien, ¡gracias! Un plato menos que llenar en la mesa no les iría mal. Nunca tuvieron otra intención que dejarle al olvido en un hospital distante, sin declarar motivo alguno. Así lo había escuchado por la casualidad de una puerta entreabierta… Entonces su intempestiva madurez le hizo huir, carente de huellas con destino hasta recordar aquel pueblo de calles empedradas y contadas casas que había visitado en su último viaje familiar… Era notable su afán por evitar el llanto, mezcolanza de dolor y repugnancia… Monserrat se levantó pasmado y de inmediato rodeó la madera que los separaba hasta estrecharlo entre sus brazos intensamente. Ninguno hizo mención del seguro deceso ya conocido por ambos, pues el miedo se había alojado en aquél como impulsor acérrimo de todas sus acciones, en la unión se confiaron un indestructible deseo de vivir y sólo valía ser felices sin contar las hojas que colgaban del almanaque.

La esposa de Monserrat había entrado con chocolate caliente servido en un par de sus mejores tazas de barro.

  - ¡Ya suelta a ese muchacho, Monse! ¡Lo vas a asfixiar! Traes un hedorcito -dijo al romper su mudez ante el relato.

- ¡Hedorcito?

- Doña Victoria tiene razón…

- Te agradezco el respeto, Esteban -dijo mientras les brindaba la bebida-, pero quisiera que me llamaras Victoria o… ¿mamá?

Aquél permaneció en sus ojos escudriñando en sus adentros el sentido de esa última palabra…

- Sí… Victoria -dijo pasito, llevando consigo el libro y la taza. Ella sonrió de medio lado y se irguió apacible bebiendo un poco de la otra taza.

- Iré a bañarme… mamá -dijo Monserrat, depositando un beso en el vientre de cuatro meses de embarazo.

Esteban vagó pensativo hasta quedarse dormido sobre el banco de piedra arrimado a la pared, junto a la puerta de enfrente de la casa. Desde allí fue llevado a su aposento cuando el ennegrecimiento del cielo cerraba el día.

 

 

 

 

2

 

 

¡¿Otra vez?! El domingo no quiso asistir a misa. La insistencia de la joven pareja en no creer sus falsas excusas le hizo confesar el más interior y profundo de sus sentimientos:   

- ¡Dios está en todo paraje y momento, no sólo los domingos en la iglesia!-, les dijo su voz alterada. Con la extrañeza en el rostro a la par enternecidos, se despidieron encargándole algunas labores matutinas…

Al término de la oración, ambos se acercaron al predicador para comentarle lo de Esteban, en secreto de confesión… Contrario a lo esperado, aquél se mostró comprensivo y acogió las ideas del muchacho, pues las creyó la legítima contestación divina a su rezo de días y noches por saber si estaba errado en su modo de proceder. Entonces se persignó, se quitó la sotana y les acompañó de regreso a su casa. En el camino compró maíz molido, una botella de suero y una maraquita para el futuro coterráneo. Todo el que le veía se quedaba perplejo al recibir su alegre saludo. Al llegar, admiró la pulcritud de la casa y el buen aspecto del delgado muchacho. Pasearon por el jardín y el corral. Todos eran buenos conversadores, pero sus estómagos les rogaron con gritos desvergonzados que no olvidasen la comida. Don Marcelo se arremangó la camisa y se fue a la cocina, seguido por los demás. Él hizo las arepas, Victoria compuso el guisado, Esteban preparó el chocolate y Monserrat encendió la leña y dispuso la mesa…

Todos celebraban la misa en sus casas, en la plazuela, en el campo, en los caminos, junto a la laguna… Todos los días, a solas o en compañía, con sólo agradecer o con una espontánea y breve oración. Don Marcelo dejó su altivez en el púlpito y fue uno más entre aquellos. Labraba en los campos y aprendía medicina con Monserrat. En ocasiones, fungía de niñero y jugaba con los chicos con pelotas de trapo y juguetes elaborados por ellos mismos. Un Padre Nuestro bendecía el sancocho dominical servido en totumas. Nadie faltaba tampoco al oficio de bautizos y casorios. Ni a los santos, festejados con piñatas de tapara y tortas de queso… Aquel hombre y su congregación habían recuperado el brillo en sus miradas y habían abandonado el triste gris que los cubría haciéndolos parecer un pueblo muerto…

 

 

 

 

 

3

 

 

Casi amanecía cuando Esteban se despertó de repente al escuchar un golpeteo en su ventana. Caminó con los ojos cerrados hasta murmurar un trío de palabrotas contra el taburete que se estrelló con su rodilla. Era Carnaval, un asno llamado así por haber nacido en esas fechas. Se había desamarrado…

   -¿Qué haces aquí? ¡Vete! -y el animal replicaba. Lo empujaba por el hocico y el alzado rebuznaba con más ahínco. Esteban se encaramó en la ventana y, de un solo salto, enterró los pies desnudos en una plasta pegajosa y hedionda. Habían meadas y estiércol esparcidos por todo el pórtico. Un rebuzno más y el muchacho le propinó al animal un manotazo en el trasero con todas sus fuerzas. Victoria y Monserrat salieron envueltos en una colcha.                                             

- ¡Sabía que el atracón de ayer te iba a hacer daño!-, exclamó Monserrat soltando carcajadas hasta contagiarlos.

Carnaval fue encontrado por Don Marcelo, un tanto maltrecho, en las afueras del pueblo dos días después…

 

 

 

 

 

4

 

 

El viejo puente de tablas sobre la laguna era la diversión acostumbrada de los viernes al regresar de la escuela. Quien tumbase a más chicos tendría asegurado el liderazgo por una semana. Esteban siempre acompañaba a Victoria, quien era la maestra, de ida y vuelta. Y, aunque ella insistía en decirle que podía jugar sin preocuparse, él prefería hacerlo, llegar temprano a casa, comer y, sobre todo, sentarse a leer en el jardín. Se proponía memorizar cada párrafo de aquel libro, hasta la última página, para un día recitarlo. Quizás en una tarde de sancocho.

Un día tras otro y sin advertirlo, se hacía más asiduo a trasnochar junto a la lámpara de querosén, mientras Victoria dormía abrazada al esposo que procuraba decidir entre reprenderlo o seguir consintiéndolo. Él sabía que la falta de sueño acabaría con las ya frágiles defensas de su cuerpo.

Una semana le había sido suficiente para conocer a El Principito alma adentro. No reconocerlo, el pretexto perfecto durante meses para estar a solas olvidándose de todo. Por decir, tenía en demasía, pero tal parecía que ni sus oídos estaban dispuestos a escucharle, pues estaban entregados a la contemplación de la vida y no tenían tiempo para la muerte…

 La otra noche, Monserrat se sentó junto a él, miraban las aparentemente desordenadas estrellas… Luego le preguntó al muchacho : <<¿Qué te pasa Esteban?>> Y aquél le respondió mirándolo con los ojos más firmes y sinceros que jamás había visto… << Pasa… que esta vida que muchos andan desperdiciando por ahí es muy especial… Nos la pasamos buscando y evadiendo los momentos felices, en una constante indecisión, porque simplemente tememos que una vez que estén con nosotros… se esfumarán… Pretendemos retener algo que cambia constantemente. Un momento feliz igual a otro y a otro… acabaría por ser tan aburrido que nos entristecería… Es más cómodo, para muchos, conformarse con esa infelicidad de aferrarse a un sólo momento y recordarlo una y otra vez, mientras dejan pasar una vida entera de felicidad… Les resulta más fácil que desempolvar su alma, levantarse una y otra vez, cuanto sea necesario… y luchar sin armas… porque para ser feliz sólo se requiere un arma que realmente no hiere a nadie… el deseo de serlo y la voluntad de hacerlo posible… sin pretender robar la felicidad ajena, porque eso sí es imposible… La felicidad es algo tan personal… como su recuerdo…>>

 

 

 

 

 

5

 

 

La enorme panza de Victoria se despertó con tal inquietud, aquel otro día, que la mantuvo desde la madrugada de cabeza sobre el retrete devolviendo los antojitos de la tarde anterior. Y allí la encontraron rogando ayuda para enderezarse. La llevaron a la cama y, a la vez, ella le pidió a Esteban que fuese a la escuela a disculparla y recogiese las tareas de sus alumnos.

Monserrat se llegó hasta la escuela viendo que aquél se demoraba y que su esposa se sentía mejor. Estaba completamente desconcertado… Esteban explicaba magistralmente la lección, mientras los restantes le atendían sin un solo parpadeo. Se retiró silencioso y corrió lleno de alegría de vuelta a casa, olvidándose de Carnaval y los comestibles por comprar…

  -¡Carnaval! ¿Qué haces aquí? -y con un rebuzno pareció responder al amigo que ni él mismo lo sabía, pero más le valía permanecer quieto allí, antes que perderse y pasarlo mal-. Si me ayudas con estos cuadernos te enseñaré el camino de regreso, ¿vale? -el cuadrúpedo asintió.

El muchacho encontró una lista junto al portamonedas en la albarda y recorrió casi todo el pueblo encargándose de llevar sin falta lo escrito. Ni siquiera los alfileres, las agujas, los hilos y estambres agregados en la letra de Victoria, quien le recibió en casa nombrándolo su suplente, previo acuerdo de preparar juntos cada clase.

 

 

 

 

6

 

 

Eran sorprendentes los colores del atardecer que abrigaba a Esteban en la construcción de su regalo para la criatura. Sería un columpio, pero no uno cualquiera, pues había trabajado harto para poder comprar los materiales. Cuatro metros de cadena, tornillos, tuercas y clavos, todos de acero inoxidable, los había encargado al tendero, que hacía viajes frecuentes a la ciudad. La tabla, por él barnizada, era de la mejor madera que tenían en la carpintería. También le adaptaría una cuna de mimbres desmontable para que pudiese disfrutarlo desde su nacimiento. Victoria lo iba a llamar para cenar, mas el esmero con el que instalaba la delicada camita le paralizó conmovida. Apretó la manta que la envolvía cruzando los brazos. Hacía frío, pero aquello no era lo que dificultaba su respiración, tampoco cansancio alguno:

  -Dios, es demasiado cruel… -dijo entre dientes y ojos húmedos.

Aquél recogía las herramientas, pero al verla las soltó y se apresuró a ayudarla a bajar los escalones de la entrada para mostrarle lo que había hecho. La felicidad estancada en su corazón rebosaba sin igual y volvía a fluir por todo su ser. Monserrat los miraba desde la puerta…

   -Una tarde que… ¡Ojalá sea como la de hoy!, le contaré a mi bebé todo el cariño y esfuerzo que pusiste al hacerle este hermoso columpio y…

   -¡No te preocupes !  ¡Yo me encargaré de eso…!  Y seré el mejor amigo y hermano… Mamá… -ella se mordió los labios temblorosos, lo abrazó, le dio un beso en la frente y enjugó la emoción que se le escabullía en la camisa llena de sus remiendos que llevaba puesta el chico.

 

 

 

 

 

7

 

 

 Mediodía… Esteban se afirmaba sobre las tablas cara a cara con cinco muchachos fornidos. El puente era bastante flexible y estrecho… confiaba en ello. Si brincaba con mucha fuerza perderían el equilibrio y caerían sin ponerles un dedo encima. El sudor les atravesaba las cejas y alguien desde la ribera dio la voz para comenzar. No había pensado que aquellos contraatacarían con la misma estrategia… Así y todo, ninguno se rendía al violento bamboleo. El crujido de las maderas al retorcerse se perdía entre la confusión de gritos. El vaivén de empujones se volvió un todos contra todos, hasta que aquello se fue abajo de repente acabando con la trifulca. Estaban que se ahogaban, pero de las risas, burlándose unos de otros…

Llegó empapado, tiritando y tosiendo como si fuese a expulsar las vísceras, pero aún sonreía… Pasaron dos noches desvelados por él. No bajaba la fiebre de casi cuarenta, ni dejaba de delirar ni se detenía la tos y alimentarlo era torturante.

 

 

 

 

 

8

 

 

Su desgarradora insistencia y un alivio nada fiable le permitieron presentarse en la iglesia a eso de las nueve de la mañana del domingo. Los rostros de aquel trío parecían sufrir los mismos síntomas. Victoria y Monserrat se habían sentado en la primera fila. Pese a la inquietante tos, consiguió las aclamaciones y aplausos del público que se levantaba entusiasta con lágrimas de alegría ante su narración de El Principito.

Monserrat se quedó sin pantalones cuando su mujer se prendió de ellos estando a punto de parir. Tuvieron que atenderla allí mismo, acostada en el suelo sobre mantones y abrigos, con las servilletas de tela, el agua bendita y uno de los cuchillos que servirían para pelar y picar las verduras del sancocho… Todos presenciaban el alumbramiento mientras la mano de Esteban sufría apretones desmedidos… Una niña tras otra, sin complicaciones, que se mostraban sanas y hermosas, aún sin limpiarlas, les sorprendieron.

   -¡Monse, queda alguien! ¡Lo siento, Monse, está saliendo! -el complemento del terceto inesperado era un varón que nacía al unísono con la palidez y frialdad de aquel muchacho cuya mano la parturienta entonces procuraba no soltar. Ni agua fresca ni sacudidas… no reaccionaba, no habían pulsaciones…

   -¡Esteban murió! -resonó una voz entre la llantina del último recién nacido, al que de cierto llamarían Esteban, el vivo. Y con la prisa acostumbrada al hablar acabarían por mentarle Estebanelvivo…

Con la garganta entre el pulgar y el índice de su padre, se negaba a sustentar un diagnóstico y salvaba a su hermano de tan raro apelativo. Tan sólo se había desmayado…


   -Tendré que agrandar el columpio…









 
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