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1
Monserrat empapaba su pan de centeno en el
requesón como si quisiese ahogarlo en él sin
intención alguna de llevárselo a la boca. Poco
hacía que sus pies hinchados, oprimidos entre
las inmundas sandalias, aún no habían cruzado el
pórtico cuando fueron guiados al comedor. Allí
había encontrado al joven Esteban, abstraído con
su polenta…
Muchas vueltas había dado el minutero antes que
un trago de agua fresca bastase para humectar y
limpiar de polvo su garganta. Apartando el
almuerzo intacto, cogió el portamantas que había
depositado a su diestra y extrajo un libro desde
un bolsillo interior cocido por él mismo en las
gruesas telas de su abrigo. Era escasa la
claridad que, a duras penas, se colaba por el
postigo y delineaba a un niño de cabellos rubios
en la carátula. Lo puso sobre la mesa, era un
regalo para el quinceañero, el que abandonó su
plato por hojearlo detenidamente… Tenía hermosos
dibujos y un montón de cositas en tinta negra
que le hizo recordar lo torpe que era con ellas.
<<Es tuyo>>, dijo con la implacable sonrisa,
innata característica, a veces nada oportuna.
Sintiéndose comprometido, Esteban correspondió
el regalo dando la respuesta callada semanas
atrás…
Hermano menor de dos crápulas que, no hallando
quehacer de utilidad, lo llevaron consigo de
excursión para que se hiciese hombre…
Arrinconado entre el bullicio, recibió en un
catre su sentencia de muerte… Uno de ellos, el
primogénito, regresó con sífilis. El otro, como
si nada, entró y salió dejándoles en aquel
lugar. Él… con sida… ¿Sus padres? Bien,
¡gracias! Un plato menos que llenar en la mesa
no les iría mal. Nunca tuvieron otra intención
que dejarle al olvido en un hospital distante,
sin declarar motivo alguno. Así lo había
escuchado por la casualidad de una puerta
entreabierta… Entonces su intempestiva madurez
le hizo huir, carente de huellas con destino
hasta recordar aquel pueblo de calles empedradas
y contadas casas que había visitado en su último
viaje familiar… Era notable su afán por evitar
el llanto, mezcolanza de dolor y repugnancia…
Monserrat se levantó pasmado y de inmediato
rodeó la madera que los separaba hasta
estrecharlo entre sus brazos intensamente.
Ninguno hizo mención del seguro deceso ya
conocido por ambos, pues el miedo se había
alojado en aquél como impulsor acérrimo de todas
sus acciones, en la unión se confiaron un
indestructible deseo de vivir y sólo valía ser
felices sin contar las hojas que colgaban del
almanaque.
La esposa de Monserrat había entrado con
chocolate caliente servido en un par de sus
mejores tazas de barro.
- ¡Ya suelta a ese muchacho, Monse! ¡Lo vas a
asfixiar! Traes un hedorcito -dijo al romper su
mudez ante el relato.
- ¡Hedorcito?
- Doña Victoria tiene razón…
- Te agradezco el respeto, Esteban -dijo
mientras les brindaba la bebida-, pero quisiera
que me llamaras Victoria o… ¿mamá?
Aquél permaneció en sus ojos escudriñando en sus
adentros el sentido de esa última palabra…
- Sí… Victoria -dijo pasito, llevando consigo el
libro y la taza. Ella sonrió de medio lado y se
irguió apacible bebiendo un poco de la otra
taza.
- Iré a bañarme… mamá -dijo Monserrat,
depositando un beso en el vientre de cuatro
meses de embarazo.
Esteban vagó pensativo hasta quedarse dormido
sobre el banco de piedra arrimado a la pared,
junto a la puerta de enfrente de la casa. Desde
allí fue llevado a su aposento cuando el
ennegrecimiento del cielo cerraba el día.
2
¡¿Otra vez?! El domingo no quiso asistir a misa.
La insistencia de la joven pareja en no creer
sus falsas excusas le hizo confesar el más
interior y profundo de sus sentimientos:
- ¡Dios está en todo paraje y momento, no sólo
los domingos en la iglesia!-, les dijo su voz
alterada. Con la extrañeza en el rostro a la par
enternecidos, se despidieron encargándole
algunas labores matutinas…
Al término de la oración, ambos se acercaron al
predicador para comentarle lo de Esteban, en
secreto de confesión… Contrario a lo esperado,
aquél se mostró comprensivo y acogió las ideas
del muchacho, pues las creyó la legítima
contestación divina a su rezo de días y noches
por saber si estaba errado en su modo de
proceder. Entonces se persignó, se quitó la
sotana y les acompañó de regreso a su casa. En
el camino compró maíz molido, una botella de
suero y una maraquita para el futuro coterráneo.
Todo el que le veía se quedaba perplejo al
recibir su alegre saludo. Al llegar, admiró la
pulcritud de la casa y el buen aspecto del
delgado muchacho. Pasearon por el jardín y el
corral. Todos eran buenos conversadores, pero
sus estómagos les rogaron con gritos
desvergonzados que no olvidasen la comida. Don
Marcelo se arremangó la camisa y se fue a la
cocina, seguido por los demás. Él hizo las
arepas, Victoria compuso el guisado, Esteban
preparó el chocolate y Monserrat encendió la
leña y dispuso la mesa…
Todos celebraban la misa en sus casas, en la
plazuela, en el campo, en los caminos, junto a
la laguna… Todos los días, a solas o en
compañía, con sólo agradecer o con una
espontánea y breve oración. Don Marcelo dejó su
altivez en el púlpito y fue uno más entre
aquellos. Labraba en los campos y aprendía
medicina con Monserrat. En ocasiones, fungía de
niñero y jugaba con los chicos con pelotas de
trapo y juguetes elaborados por ellos mismos. Un
Padre Nuestro bendecía el sancocho dominical
servido en totumas. Nadie faltaba tampoco al
oficio de bautizos y casorios. Ni a los santos,
festejados con piñatas de tapara y tortas de
queso… Aquel hombre y su congregación habían
recuperado el brillo en sus miradas y habían
abandonado el triste gris que los cubría
haciéndolos parecer un pueblo muerto…
3
Casi amanecía cuando Esteban se despertó de
repente al escuchar un golpeteo en su ventana.
Caminó con los ojos cerrados hasta murmurar un
trío de palabrotas contra el taburete que se
estrelló con su rodilla. Era Carnaval, un asno
llamado así por haber nacido en esas fechas. Se
había desamarrado…
-¿Qué haces aquí? ¡Vete! -y
el animal replicaba. Lo empujaba por el hocico y
el alzado rebuznaba con más ahínco. Esteban se
encaramó en la ventana y, de un solo salto,
enterró los pies desnudos en una plasta pegajosa
y hedionda. Habían meadas y estiércol esparcidos
por todo el pórtico. Un rebuzno más y el
muchacho le propinó al animal un manotazo en el
trasero con todas sus fuerzas. Victoria y Monserrat salieron envueltos en una colcha.
- ¡Sabía que el atracón de ayer te iba a hacer
daño!-, exclamó Monserrat soltando carcajadas
hasta contagiarlos.
Carnaval fue encontrado por Don Marcelo, un tanto
maltrecho, en las afueras del pueblo dos días
después…
4
El viejo puente de tablas sobre la laguna era la
diversión acostumbrada de los viernes al
regresar de la escuela. Quien tumbase a más
chicos tendría asegurado el liderazgo por una
semana. Esteban siempre acompañaba a Victoria,
quien era la maestra, de ida y vuelta. Y, aunque
ella insistía en decirle que podía jugar sin
preocuparse, él prefería hacerlo, llegar
temprano a casa, comer y, sobre todo, sentarse a
leer en el jardín. Se proponía memorizar cada
párrafo de aquel libro, hasta la última página,
para un día recitarlo. Quizás en una tarde de
sancocho.
Un día tras otro y sin advertirlo, se hacía más
asiduo a trasnochar junto a la lámpara de
querosén, mientras Victoria dormía abrazada al
esposo que procuraba decidir entre reprenderlo o
seguir consintiéndolo. Él sabía que la falta de
sueño acabaría con las ya frágiles defensas de
su cuerpo.
Una semana le había sido suficiente para conocer
a El Principito alma adentro. No reconocerlo, el
pretexto perfecto durante meses para estar a
solas olvidándose de todo. Por decir, tenía en
demasía, pero tal parecía que ni sus oídos
estaban dispuestos a escucharle, pues estaban
entregados a la contemplación de la vida y no
tenían tiempo para la muerte…
La otra noche, Monserrat se sentó junto a él,
miraban las aparentemente desordenadas
estrellas… Luego le preguntó al muchacho :
<<¿Qué te pasa Esteban?>> Y aquél le respondió
mirándolo con los ojos más firmes y sinceros que
jamás había visto… << Pasa… que esta vida que
muchos andan desperdiciando por ahí es muy
especial… Nos la pasamos buscando y evadiendo
los momentos felices, en una constante
indecisión, porque simplemente tememos que una
vez que estén con nosotros… se esfumarán…
Pretendemos retener algo que cambia
constantemente. Un momento feliz igual a otro y
a otro… acabaría por ser tan aburrido que nos
entristecería… Es más cómodo, para muchos,
conformarse con esa infelicidad de aferrarse a
un sólo momento y recordarlo una y otra vez,
mientras dejan pasar una vida entera de
felicidad… Les resulta más fácil que desempolvar
su alma, levantarse una y otra vez, cuanto sea
necesario… y luchar sin armas… porque para ser
feliz sólo se requiere un arma que realmente no
hiere a nadie… el deseo de serlo y la voluntad
de hacerlo posible… sin pretender robar la
felicidad ajena, porque eso sí es imposible… La
felicidad es algo tan personal… como su
recuerdo…>>
5
La enorme panza de Victoria se despertó con tal
inquietud, aquel otro día, que la mantuvo desde
la madrugada de cabeza sobre el retrete
devolviendo los antojitos de la tarde anterior.
Y allí la encontraron rogando ayuda para
enderezarse. La llevaron a la cama y, a la vez,
ella le pidió a Esteban que fuese a la escuela a
disculparla y recogiese las tareas de sus
alumnos.
Monserrat se llegó hasta la escuela viendo que
aquél se demoraba y que su esposa se sentía
mejor. Estaba completamente desconcertado…
Esteban explicaba magistralmente la lección,
mientras los restantes le atendían sin un solo
parpadeo. Se retiró silencioso y corrió lleno de
alegría de vuelta a casa, olvidándose de
Carnaval y los comestibles por comprar…
-¡Carnaval! ¿Qué haces aquí? -y con un rebuzno
pareció responder al amigo que ni él mismo lo
sabía, pero más le valía permanecer quieto allí,
antes que perderse y pasarlo mal-. Si me ayudas
con estos cuadernos te enseñaré el camino de
regreso, ¿vale? -el cuadrúpedo asintió.
El muchacho encontró una lista junto al
portamonedas en la albarda y recorrió casi todo
el pueblo encargándose de llevar sin falta lo
escrito. Ni siquiera los alfileres, las agujas,
los hilos y estambres agregados en la letra de
Victoria, quien le recibió en casa nombrándolo
su suplente, previo acuerdo de preparar juntos
cada clase.
6
Eran sorprendentes los colores del atardecer que
abrigaba a Esteban en la construcción de su
regalo para la criatura. Sería un columpio, pero
no uno cualquiera, pues había trabajado harto
para poder comprar los materiales. Cuatro metros
de cadena, tornillos, tuercas y clavos, todos de
acero inoxidable, los había encargado al
tendero, que hacía viajes frecuentes a la
ciudad. La tabla, por él barnizada, era de la
mejor madera que tenían en la carpintería.
También le adaptaría una cuna de mimbres
desmontable para que pudiese disfrutarlo desde
su nacimiento. Victoria lo iba a llamar para
cenar, mas el esmero con el que instalaba la
delicada camita le paralizó conmovida. Apretó la
manta que la envolvía cruzando los brazos. Hacía
frío, pero aquello no era lo que dificultaba su
respiración, tampoco cansancio alguno:
-Dios, es demasiado cruel… -dijo entre dientes y
ojos húmedos.
Aquél recogía las herramientas, pero al verla las
soltó y se apresuró a ayudarla a bajar los
escalones de la entrada para mostrarle lo que
había hecho. La felicidad estancada en su
corazón rebosaba sin igual y volvía a fluir por
todo su ser. Monserrat los miraba desde la
puerta…
-Una tarde que… ¡Ojalá sea como la de hoy!, le
contaré a mi bebé todo el cariño y esfuerzo que
pusiste al hacerle este hermoso columpio y…
-¡No te preocupes ! ¡Yo me encargaré de eso…! Y
seré el mejor amigo y hermano… Mamá… -ella se
mordió los labios temblorosos, lo abrazó, le dio
un beso en la frente y enjugó la emoción que se
le escabullía en la camisa llena de sus
remiendos que llevaba puesta el chico.
7
Mediodía… Esteban se afirmaba sobre las tablas
cara a cara con cinco muchachos fornidos. El
puente era bastante flexible y estrecho…
confiaba en ello. Si brincaba con mucha fuerza
perderían el equilibrio y caerían sin ponerles
un dedo encima. El sudor les atravesaba las
cejas y alguien desde la ribera dio la voz para
comenzar. No había pensado que aquellos
contraatacarían con la misma estrategia… Así y
todo, ninguno se rendía al violento bamboleo. El
crujido de las maderas al retorcerse se perdía
entre la confusión de gritos. El vaivén de
empujones se volvió un todos contra todos, hasta
que aquello se fue abajo de repente acabando con
la trifulca. Estaban que se ahogaban, pero de
las risas, burlándose unos de otros…
Llegó empapado, tiritando y tosiendo como si
fuese a expulsar las vísceras, pero aún sonreía…
Pasaron dos noches desvelados por él. No bajaba
la fiebre de casi cuarenta, ni dejaba de delirar
ni se detenía la tos y alimentarlo era
torturante.
8
Su desgarradora insistencia y un alivio nada
fiable le permitieron presentarse en la iglesia
a eso de las nueve de la mañana del domingo. Los
rostros de aquel trío parecían sufrir los mismos
síntomas. Victoria y Monserrat se habían sentado
en la primera fila. Pese a la inquietante tos,
consiguió las aclamaciones y aplausos del
público que se levantaba entusiasta con lágrimas
de alegría ante su narración de El Principito.
Monserrat se quedó sin pantalones cuando su mujer
se prendió de ellos estando a punto de parir.
Tuvieron que atenderla allí mismo, acostada en
el suelo sobre mantones y abrigos, con las
servilletas de tela, el agua bendita y uno de
los cuchillos que servirían para pelar y picar
las verduras del sancocho… Todos presenciaban el
alumbramiento mientras la mano de Esteban sufría
apretones desmedidos… Una niña tras otra, sin
complicaciones, que se mostraban sanas y
hermosas, aún sin limpiarlas, les sorprendieron.
-¡Monse, queda alguien! ¡Lo siento, Monse, está
saliendo! -el complemento del terceto
inesperado era un varón que nacía al unísono con
la palidez y frialdad de aquel muchacho cuya
mano la parturienta entonces procuraba no
soltar. Ni agua fresca ni sacudidas… no
reaccionaba, no habían pulsaciones…
-¡Esteban murió! -resonó una voz entre la
llantina del último recién nacido, al que de
cierto llamarían Esteban, el vivo. Y con la
prisa acostumbrada al hablar acabarían por
mentarle Estebanelvivo…
Con la garganta entre el pulgar y el índice de su
padre, se negaba a sustentar un diagnóstico y
salvaba a su hermano de tan raro apelativo. Tan
sólo se había desmayado…
-Tendré que agrandar el columpio…
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