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1
Ahí estaba su cuerpo
cubierto con el pudor de unas telas que, sin
transparentarse, impedían malicia alguna de
adivinar la desnudez.
Pero no tenía rostro, no
lograba descifrarlo… Y doblando las rodillas en
señal de reverencia sepultó el sudor,
desperdiciado en su
anhelo,
en el vacío donde
dos almas gritaban. La una, deseando descubrir…
y la otra, ser
descubierta. Dos silencios que se unían tras
fatigarse.
Recibió una llamada
telefónica y salió como si hubiese estado
esperando la excusa perfecta para huir de
aquello con lo que había convivido durante poco
más de veinticinco años.
- Ian… Dios sabe
cuánta paciencia he tenido contigo, ¡pero la
galería no espera más! Deja ese cuadro fuera de
esta exhibición- le solicitaba su agente,
mientras bebían unas tazas de té en un
restaurante al aire libre.
- No.
- ¿Qué dices?
- No esta vez,
Dominic… Mientras caminaba hacia aquí, lo pensé
y decidí que no encontraré el rostro de esa
mujer a menos que ella sepa que la estoy
buscando. Ya no creo que revisar la mano derecha
de cada mujer que me tropiece sea la manera.
- Yo tampoco…
Sigues creyendo sin duda que existe, ¿no es
cierto? -le preguntó aquél, sumergiendo las
puntas doradas de sus bigotes en el
tercer té.
- Como en ese
cuadro que
mañana mismo estará
en la galería. Puedes estar tranquilo -contestó
sonriente, levantándose y dejando unos billetes
sobre la mesa-. ¡Me debes una!
- ¡Gracias!
Ian saltó
de la cama a medianoche
y, casi en la
inconsciencia, transformó aquel huevo en una
majestuosa águila con un espléndido plumaje
azul. Tras hacerlo, fue al baño a lavarse la
cara con agua helada para despertarse del todo…
La intensidad de la mirada de aquella ave le
hizo sentirse despojado de un amor que, sin
entender, buscaba y extrañaba de modo
irresistible…
2
Una mañana, al cabo más o
menos de nueve días de exposición, Ian estaba
sentado en la oficina del dueño de la galería
leyendo un libro, o fingiendo hacerlo. En
verdad, no deseaba volver a enfrentarse con
ninguna persona, fuese quien fuese… Pero tenía
que estar ahí.
Entonces sólo
deseaba una vida sin complicaciones. Desanimado
por su infructuosa búsqueda, añoraba la hermosa
paz de su casa en la orilla del mar, con los
ardientes colores del mediodía y la frescura del
ocaso en un paraje siempre primaveral…
Eran menos de las diez de aquella otra mañana,
cuando Dominic llegó al estudio y entró mirando
alrededor suyo como si esperase encontrar algo…
Frunció el entrecejo con un aire de preocupación
y molestia en los ojos, y se sentó en la cama.
- ¿Dónde está? -preguntó con sequedad.
- Se dan lo buenos días primero -replicó Ian con
el cepillo entre los dientes, mirándolo a través
del espejo sobre el lavamanos.
- Buenos días, ¿Dónde está?
- ¿Buenos días, dónde está? ¿Dónde está qué?
-era comprensible que Ian ignoraba lo sucedido
y, sin más ni más, Dominic le dio la noticia del
robo de su cuadro inconcluso; mientras se
enjabonaba, se afeitaba y se cortaba la mejilla
al escucharlo. Entonces se enjuagó, se puso una
camiseta y salieron aprisa.
Nada más cierto para él que había sido ella, la
dueña del rostro ausente, quien se lo había
llevado. Certeza confirmada al ser hallado un
sobre azul en lugar del lienzo, que le fue
entregado apenas llegó a la galería. No lo había
abierto cuando uno de los encargados le preguntó
si llamaba a la policía. Dominic iba a dar la
orden, mas la negativa de Ian fue tajante. La
conmoción no le dejaba sacar el contenido… Era
una tarjeta que llevaba escrito un acertijo
poético que leyó en voz alta:
“Sobre la
cima,
bajo el
tejado,
eterno
anida…
tu amor
alado.”
Levantó la vista esperando encontrar la lucidez
de la que carecía entonces, mas no halló sino el
espejo de sus tinieblas… Devolvió las palabras
al sobre, lo dobló con esmero, se metió con él
en un bolsillo de su pantalón y se fue… Dominic
sabía que detenerlo sería vano y que no estaría
más en su estudio.
3
Tras la puerta de tela
metálica, Ian cruzaba sus brazos dando a
entender con un gesto infantil
que se negaba a
abandonar su casa de la playa.
-Veo que me equivoqué al pensar que volverías
después de un par de días…-aquél callaba sin
dejar su posición- ¡No puedes aislarte sólo por
un estúpido papel! No hay dudas de que eres un
necio. En absoluto… No sé qué más decir… ¡Media
hora ya de paciencia es demasiado!-. Ian seguía
mirándolo sin decir palabra alguna. Fue a la
cocina, regresó con un jarro de agua y un vaso,
salió y llenó el vaso entre las manos del
cansado amigo.
- Parece que hace calor…
-dijo echándose atrás contra la puerta,
rascándose los molestos vellos de la barba
descuidada- He tratado de poner en orden mis
pensamientos, pero tengo la mente en blanco e
insisto en hacer cualquier cosa con tal de
mantenerme alejado de mí mismo…
De todos modos
sería una estupidez regresar… ¿Sabes dónde está
el estúpido papel? -Dominic sacudió la cabeza,
apuró el último trago y alargó su vaso. Ian se
lo llenó hasta casi derramar el líquido en el
suelo y continuó- : En el mismo bolsillo donde
lo guardé aquella mañana. No he vuelto a leerlo.
Nunca en mi vida me he sentido tan asustado. Es
como cuando has deseado algo por mucho tiempo y
lo obtienes. No sabes qué hacer con ello, pero
te aterra la idea de perderlo… ¿Perder qué?, me
pregunto una y otra vez. ¿Un estúpido papel que
bien pudo haber dicho un nombre, un número
telefónico o una dirección, en vez de un
acertijo que prolonga más este absurdo?
-suspiró con cansancio- Lamento tu disgusto.
- No importa. Te debía una. ¡Dame ese jarro!
-exclamó sonriente y se lo empinó.
- Eres un buen tipo.
- En eso puedes apostar la vida -dijo bromeando.
- Hablemos de otra cosa. ¿Cómo está Teresa?
- ¿Teresa? ¡Bien! Embarazada, tú sabes.
- ¿Para Navidad?
- Sí, si de aquí a allá hay unos tres meses
-dijo entregándole los recipientes vacíos.
- Llámame cuando nazca.
- ¡Ajá! …Volviendo a lo otro. Se vendieron todos
los cuadros. ¡Es increíble lo que el robo
aceleró las ventas!
-Haz lo de siempre… No te preocupes, sólo estoy
de vacaciones -Dominic estrechó su mano, sabía
que podía irse tranquilo, era justo el descanso.
Ian no apartó la mirada de su amigo hasta que se
marchó. Luego se sentó en los escalones de la
entrada con la cabeza entre las manos y se quedó
allí largo rato…
4
Amanda pudo haber
conocido al autor de su cuadro, siquiera
preguntar por su nombre, pues no estaba firmado.
Mas sólo había estado vagando por los pasillos y
salones de una galería más, sin buscar nada ni a
nadie, como era su pasatiempo habitual. Sin
estar muy pendiente de nombres… Aún sorprendida
y confundida, seguía meneando la cucharilla
entre una taza ya vacía, seguía creyendo que el
lienzo le pertenecía y que debía estar ahí, en
la cálida sala de su nido, no en la frialdad
donde lo había encontrado… Años de temores no
vencidos empuñados contra su pecho, donde iban a
parar entonces todas sus lágrimas por una
soledad que temía perpetua y por no haber sabido
deshacerse de ella cuando había tenido la
oportunidad.
-Perdóname… me aterró la sola idea de
encontrarme frente a ti y no sentir lo que he
sentido toda mi vida… que te amo… -su belleza
palideció entre un suspiro cortado por la duda-
¿Acaso es posible que haya interpretado mal la
existencia de esta ave que rompió aquel cascarón
azul y ha crecido entre mi palma, ante mi
asombro? Dios… ¿Quién es… Pero hay tanta
ternura en tus pinceladas que sólo amor podría
esperar de ti -se puso de pie y comenzó a subir
la escalera que daba a las habitaciones, se
detuvo en el descansillo, volvió la cabeza y le
preguntó al cuadro- : ¿Por qué no se me ocurrió
otra cosa que dejarle ese estúpido acertijo en
tu lugar? Debe estar odiándolo a más no poder…
¿Y a mí? ¿Acaso es capaz de odiarme? -y
prosiguió lentamente, apagando el resto de las
luces, menos la del alba que infalible ya
clareaba…
5
Casi
un mes después, Ian
deambulaba por el mercado que se instalaba cada
domingo en el muelle del pueblo más cercano,
cuando tropezó con un puesto de duraznos enormes
y estaban tan frescos que no resistió la
tentación de tomar uno y alzarlo hasta ponerlo
bajo el esplendor del sol para admirarlo con
detenimiento. Acercaba la fruta a su nariz
cuando una mano y una voz femenina lo detuvieron
con firmeza.
- Si no pagas, no tragas -y lo desarmó con una
de esas sonrisas que saben cómo hacerlo.
- Como quiero tragar, entonces pago. ¿Cuánto es
el kilo?
Apenas sacaba dinero de su
billetera cuando un rapaz se la arrebató y
emprendió la carrera. Ian no había movido un pie
aún y ya la vendedora de duraznos iba a todo
correr tras el jovenzuelo… Saliendo del mercado,
aquél tumbó unas gaveras de refrescos que
estaban apilados afuera de una bodega en la
esquina de la bocacalle… Del susto soltó la
billetera. Iba a recogerla cuando vio a uno de
sus perseguidores caerse sobre las botellas
rotas y, aún más asustado, continuó la
escapatoria… Sus manos ensangrentadas le
entregaron la billetera.
Ian se ofreció para
llevarla al dispensario.
- Descuida, yo sé cuidarme -le respondió
mientras regresaba a su puesto, donde cogió un
paño con el que envolvió la herida más grave y
le pidió al vecinito de puesto que le cuidara la
mercancía.
-
Pero déjame acompañarte. ¡Estás sangrando
mucho! -insistió.
- ¿Tienes tu cartera? -le preguntó apretando
los labios.
- Sí, aquí está -respondió mostrándosela.
- Entonces, hazme el favor de terminar de
comprar los duraznos que yo me ocupo de mi
sangre, ¿quieres? -le sonrió de nuevo, mas con
un dolor reprimido, y se marchó.
<<Dios mío… -pensaba mirándola mientras el
chiquillo pesaba el kilo de duraznos antes
pedido- Eres fuerte… ¡Sí que lo eres!>>
El
domingo siguiente ella encontró rosas en vez de
su puesto. Eran tantas y tan hermosas… que sus
manos vendadas cubrieron avergonzadas la emoción
de sus labios.
- Son trescientas sesenta y cinco -le dijo Ian
mientras se bajaba de su bicicleta.
-¿Por qué? - le preguntó ella al volverse para
verlo.
- Por ti… Por
estas
vendas
que
deberían
estar en
mis manos -le respondía
besándole
aquéllas que aún se encontraban en el mismo
lugar donde la emoción las había dejado. Ella
sólo cerró sus ojos cariñosamente-. Por el
respeto que siento ante tu fortaleza y… porque
casualmente quedaban trescientas sesenta y cinco
rosas blancas en toda la ciudad. Una por cada
día de este año que espero no acabe sin… -en
aquel instante se le cruzó en la mente el enigma
por descifrar.
- Sin…¿Sin qué? -preguntó ella, que casi no se
oía entre el estruendo de sus latidos. Pero de
repente una muchedumbre se agolpó sobre las
flores y ella tuvo que abandonarlo para
defenderlas, diciéndoles que no estaban a la
venta… Para cuando logró deshacerse de aquéllos,
él ya no estaba. Una extraña tristeza le sonrió
en sus entrañas.
Ian pedaleó hasta quedar sin aliento. Cuando
llegó a su casa, soltó la bicicleta en la
entrada y corrió hasta aquel pantalón donde aún
yacía el sobre azul. Sacó el papel y lo leyó una
y otra vez, a gritos hasta anudársele la voz,
hasta extinguir su ira más allá, en la playa,
sobre la arena, donde el cansancio lo durmió…
6
Días después, aquellas
manos aún vendadas acariciaban sus cabellos bajo
uno de los faroles en el muelle… Acariciar
confidente que se entregaba pupilas adentro
hasta el alma misma.
Amor de a poco que
había ido a buscarlo una tarde fresca, que había
tocado a su puerta con cierta timidez, que al
verla abierta entró y lo halló tras la mesa de
la cocina con los ojos arrasados de lágrimas y
se desternilló de risa cuando él, apenado,
soltó el cuchillo e
intentó cubrir con un trapo la cebolla que
estaba cortando en trozos menudos… Fueron
aquellas risas culinarias las que les anunciaron
la procreación de un sentimiento limpio. El
mismo que luego les llevaría, en prolongados
paseos con los pies desnudos sobre la arena, con
las manos entrelazadas, unas veces… Abrazados,
otras…
- Me gustaría
quedarme en tu vida y aprender de memoria cada
uno de tus gestos, para entenderte sin palabra
alguna… -le decía
Ian
aquella otra tarde
en la que admiraban el inmenso colorido natural
que les rodeaba, sumergidos hasta la cintura
entre las olas cristalinas de la ensenada.
- Nunca me dejes
ir… Nunca te vayas de mí… -le pedía ella con el
cielo sin nubes de su mirada, primero en el
horizonte y después en aquél, quien le aseguró,
no con una promesa sino con un beso pleno de
ternura… que así sería. Aunque desentrañase
aquel enigma y, al hacerlo, encontrase a la
mujer que lo había escrito, quien ya era sólo
una necia obsesión que le había atormentado
hasta el límite desde su infancia. La buscaría,
sí.
Pero
estaba dispuesto a no perder a quien se
alojaba entre sus brazos, no.
7
Amanda sufría.
Amanda volvía a la galería, mas nada quedaba de
su pintor anónimo. Tampoco se atrevía a
preguntar por él. Amanda subía los mismos
escalones cada noche y sufría y se detenía en el
mismo lugar. Amanda se hacía la misma pregunta y
apagaba las mismas luces, escuchando la misma
respuesta: el silencio…
8
Del almanaque pendían los
últimos días del año. Los habitantes de aquel
pueblo tenían la costumbre de construir y
adornar un enorme
Nacimiento en el
muelle, en medio de una sencilla y amena fiesta
que se celebraba el veintiuno, invitando incluso
a los que estuviesen de visita.
Una vez encendidas
las luces,
todos se detenían a
contemplarlo… henchidos de una mezcla de
alegría, nostalgia, satisfacción y cansancio que los
hacía renacer.
Luego se enfilaban
hacia el café, el chocolate caliente y una gran variedad
de galletas caseras. Y bailaban hasta más no
poder…
Ya era Nochebuena…
Había oscurecido temprano hacía y mucho frío. Ian le daba un último apretón a su corbata
frente al espejo de cuerpo entero que se hallaba
en la sala… Era de buena estatura, de contextura
bien tallada por el trabajo físico y de esas caras que
vienen a ser atractivas, más por su agradable
expresión que por su apariencia.
- ¡Perfecto! -dijo
irónico,
con la miel de sus
ojos llena de alegría- Y pensar que hoy le
pedirás que se ca… ¡El regalo!
Lo deje en… ¡El
cuarto!
-fue a buscarlo en
el armario y en uno de los anaqueles tropezó con
el sobre azul que le removió algo que había
estado postergando. Lo agarró, lo miró por
delante y por detrás, tomó el obsequio y salió.
Pasaba por la cocina cuando se detuvo-
Pensé…
sentí que tenía
todo cuando te estaba abriendo la primera vez,
pero resultaste nada.
Nada más que…
-guardó el obsequio en el bolsillo interior de
su chaqueta y rompió aquel sobre hasta
despedazarlo por completo, como aquél lo había
hecho con su alma- ¡Un estúpido papel, un
estúpido acertijo que ya me hartó! ¡Estos tres
últimos meses han sido los mejores que he vivido
y lo he hecho sin ti!
Y es que la amo… En
serio… ¡Y tú no vas a interponerte en nuestro
camino!
Sabe Dios quién
eres y dónde estás.
Has de ser
demasiado cobarde para mi gusto y… -sonó el
teléfono, miró el reloj en la pared, eran las
siete y cinco. Dejó los pedazos sobre la mesa de
la cocina y contestó.
Era Dominic… - Sí,
estoy bien. ¿Y tú? ¿Y Teresa, ya tuvo...?
- Está en eso,
estoy llamando desde la clínica.
Pero tengo algo
aquí que creo te puede interesar.
Me lo mandó la
galería.
- Después, Dominic,
después.
Hoy no se habla de
negocios.
Además, voy
saliendo a cenar.
- ¡No!
¡No es negocio!
Es… Es que
recibieron el cuadro esta mañana y… tengo aquí
otro
sobre
azul.
No sé qué quieres
que haga con él… El cuadro está con ellos… ¡Aló!
¡Ian! -aquél había
enmudecido- ¡Aló!
- Léelo.
- ¿Qué?
- ¡Léelo! Por
favor… -su rostro se había ensombrecido,
temblaba y sudaba- Alguien me espera…
- Sí… Claro… A ver…
Dice :
<<No te quiero más
en mi vida.
Ahora sé por qué te
envié un acertijo en vez de citarme contigo. No
deseo que me encuentres. Confiemos en que algún
día no pensaremos más en el asunto. No me
busques más, por favor. Ponle cualquier otro
rostro, ya no podrá ser el mío… Adiós.>>
- ¿Es todo?
-preguntó con cierto asombro.
- Sí.
- Bien… -respiró
profundo como sintiéndose libre por completo,
aunque en el fondo estaba decepcionado y
molesto-
Cuando puedas,
lleva el lienzo a mi estudio, ya veré qué hago
con él… Llámame cuando nazca el…
- ¡Será niña!
-interceptó Dominic- Ya lo sabemos.
- Bueno… Llámame y
que todo salga bien… Rompe ese mensaje con todo
y sobre, y bótalo. Gracias… Se me hace tarde.
Buenas noches, Dominic… ¡Feliz Navidad! -agregó
y colgó. Luego abrió la puerta y salió. El
viento soplaba muy fuerte y el frío se le colaba
bajo la chaqueta. Se había sentado en su carro
cuando recordó que había olvidado el pan de
jamón y regresó. Vio los papeles rotos y los
echó en la cesta de desperdicios- ¿Adiós? ¡Qué
fácil te resultó deshacerte de toda una vida de
búsqueda! Quizás tan fácil como tirar a la
basura esos papeles… Creo que es justo hablarle
de ti y confesarle que no soy un vago con dinero
-alcanzó el pan y volvió a salir.
9
Aquella casa había sido
propiedad de sus abuelos maternos, quienes se la
cedieron al irse a vivir al extranjero hacía más
de diez años. Herencia que no se había atrevido
a modificar, excepto por su habitación y la
alfombra de la sala.
Ella aún estaba en
la cocina cuando él llegó. La ayudó a terminar
de poner la mesa y a deshojar un par de
humeantes hallacas. También tuvo que cortar el
pan y servir la bebida.
Delicia hallaban en mirarse sin reparar en el
sabor de lo ingerido. Sinfonía perfecta la de
aquella conversación silente que ambos
compartían con absoluta entrega…
Con la excusa de las vendas, ella no lavó un
solo plato y, mientras él lo hacía, ella servía
un par de tazas de chocolate caliente y las
llevaba a la alfombra frente a la chimenea, que
abrasaba la leña con avidez.
- Érase una vez un Príncipe Azul, muy bien
parecido, que amaba con todas sus fuerzas a una
joven, no muy agraciada, nacida en el Principado
de Vagolandia, mejor conocida como Princesa
Vendas… -le decía Ian mientras se le acercaba.
- ¿¡Vagolandia!? -exclamó
sorprendida- ¿Acaso no es usted, Príncipe Feo
-replicaba
con énfasis, mientras él se acomodaba a su
lado-, quien no posee oficio conocido, más que
el de vagar por los mercados pretendiendo, no
obstante su fortuna, comer gratis ? Y encima le
gusta usar un extraño modelo de corbata mojada…
¡Y está fría!
Ambos soltaron las incontenibles risas que casi
derramaron el chocolate…
-
¡Soy pintor! -le confesó entre carcajadas- Y
quiero casarme contigo… -ella paró de reír.
- ¿Qué dijiste ? -le preguntó sonriendo con
inquietud, mientras él intentaba detener su
risa.
- Cásate conmigo, Amanda… -dijo seriamente y
luego esbozó una tímida sonrisa rogando
aprobación.
- ¿Casarme… contigo?
- Sí, tú sabes… Los declaro marido y mujer,
puedes besar a la novia y todo eso… Vivir bajo
el mismo techo, el tuyo o el mío u otro, que
será nuestro… Compartir las penas y las
alegrías…
- ¿Te casarías con la mujer que te hizo lavar
todos los platos y ollas y copas y vasos y
cubiertos, aun cuando ya han sanado sus heridas
y no necesita más de estas vendas?
- ¿Me estás diciendo que tú… Déjame ver…
Ella misma descubrió sus
manos y las alzó mostrándoselas por delante y…
por detrás… Y se asustó al ver aquel rostro
transformado por un sentimiento confuso… Ian se
aferraba a su mano derecha, mirándola y
recordando cada dibujo conservado en una
carpeta, primero por su madre, porque era muy
niño. Luego, por él. No sólo porque había
crecido, sino porque aquélla se había ido…
Lloraba y sonreía
con dulce amargura, mientras ella, estremecida,
iba comprendiéndolo y acariciándolo… Mientras
afuera parecía que el viento emulaba aquellos
sentimientos tratando de derribar la densa
vegetación que los rodeaba.
Él sólo miraba fijamente la señal del fin de su
búsqueda. Ella sólo lo miraba a él fijamente
sintiéndose feliz de aquella burla Divina que
les había enseñado, en distintos caminos, a
amarse, a esperarse, a buscarse y, sin que se
dieran cuenta alguna, encontrarse cuando sus
almas estuviesen en su punto…
- Sobre la cima, bajo el
tejado, eterno anida tu… amor alado… -dijo por
fin, mirándola con los ojos ahogados-
Debí… Debí
comprenderlo cuando vine aquí la primera vez,
cuando me dijiste que vivías cuesta arriba.
- Ian…
-ella le secaba las
lágrimas-
Esta vez no son por
las cebollas… -ambos sonrieron.
- Quizás pensaste que era más inteligente.
- Quizás Dios nos quiso distraer mientras pasaba
entre nosotros lo que pasó. Si no… tú estuvieses
enclaustrado en tu casa y yo aquí, sin…
- O no hubiese sentido lo que siento ahora, si
te hubieses presentado en la galería.
- ¿Y qué sientes ahora?
- Pues… Ahora y siempre…
-la estrechó entre sus brazos intensamente y le
contestó-
Que aprender a
vivir duele, pero reconforta.
Que te amo… ¡Pero
no se te ocurra volvérmelo
a
hacer!
El viento calmó su
ímpetu y permitió que Ian regresara a su casa
comenzando la madrugada.
Frente a él, el
mar…
Le dolían los
músculos de la cara y no había dormido, pero se
habían encontrado y contado todo. Estaba
tranquilo…
Se había
descalzado, el pantalón se adhería a sus piernas
al entrar en la helada agua. Disfrutaba
enterrando y desenterrando los dedos de sus pies
en la arena del fondo.
- ¡Dios mío!
-exclamó aliviado y alegre- ¡Gracias!
El teléfono
insistía adentro y él corrió hasta la sala. Era
Dominic…
Apenas había
colgado cuando Amanda llegó y se detuvo en la
puerta. Su aspecto era tan serio que le hizo
recordar la mirada de aquella ave. Ella extendió
su mano con un gesto interrogante. Él se le
acercó y se la tomó con solemnidad, la llevó
hasta la playa donde le pidió que se sentara en
un kayak volteado boca abajo y se echó a reír
dejándola estupefacta. Se tumbó en la blanda
arena y ella se echó sobre él atrapándolo por
las muñecas. Él no paraba de reír y ella, que ya
casi no podía contener su risa, le exigía
explicaciones.
- ¡Ya basta, Ian!
¿Por qué te ríes? ¡Es en serio! ¡Mira, se ha
ido!
- ¡Lo sé, lo sé!
Y ya
no estará más…
- ¿Por qué? -le
preguntó incorporándose con tristeza.
- Porque ya no te
quiero -le respondió.
- Pero…
- ¡Mentira!
Solamente quería
ver cómo te ponías. Esa bendita tortura voló
hasta la tierna palma de una recién nacida, cuyo
padre me acaba de prohibir que me le acerque.
Ahorita, cuando llegaste.
Pero ya le expliqué
todo.
Ella suspiró y
apretó una lágrima de nostalgia entre el puño
despojado. Él la abrazó diciéndole que no se
marcharía.
Nunca, le aseguró…
Era todo lo que deseaba escuchar entonces.
Aquel inolvidable lienzo
había encontrado su rostro ante el asombro de
los de la galería:
el de Amanda. Y
perdido al águila que entre sus hilos había
nacido y crecido para signar con su azul único
la perpetuidad de un amor inquebrantable, vedado
para los de espíritu material y estéril…
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