Águila Azul
(Escrito en 1994)                                                                                                            1     2     3     4     5     6     7     8     9

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1

 

 

 Ahí estaba su cuerpo cubierto con el pudor de unas telas que, sin transparentarse, impedían malicia alguna de adivinar la desnudez.


   Pero no tenía rostro, no lograba descifrarlo… Y doblando las rodillas en señal de reverencia sepultó el sudor,
  desperdiciado en su anhelo,  en el vacío donde dos almas gritaban. La una, deseando descubrir…  y la otra, ser descubierta. Dos silencios que se unían tras fatigarse.

Recibió una llamada telefónica y salió como si hubiese estado esperando la excusa perfecta para huir de aquello con lo que había convivido durante poco más de veinticinco años.

- Ian… Dios sabe cuánta paciencia he tenido contigo, ¡pero la galería no espera más! Deja ese cuadro fuera de esta exhibición- le solicitaba su agente, mientras bebían unas tazas de té en un restaurante al aire libre.

- No.

- ¿Qué dices?

- No esta vez, Dominic… Mientras caminaba hacia aquí, lo pensé y decidí que no encontraré el rostro de esa mujer a menos que ella sepa que la estoy buscando. Ya no creo que revisar la mano derecha de cada mujer que me tropiece sea la manera.

- Yo tampoco… Sigues creyendo sin duda que existe, ¿no es cierto? -le preguntó aquél, sumergiendo las puntas doradas de sus bigotes en el tercer té.

- Como en ese cuadro que  mañana mismo estará en la galería. Puedes estar tranquilo -contestó sonriente, levantándose y dejando unos billetes sobre la mesa-. ¡Me debes una!

- ¡Gracias!                                     

Ian saltó de la cama a medianoche  y, casi en la inconsciencia, transformó aquel huevo en una majestuosa águila con un espléndido plumaje azul. Tras hacerlo, fue al baño a lavarse la cara con agua helada para despertarse del todo… La intensidad de la mirada de aquella ave le hizo sentirse despojado de un amor que, sin entender, buscaba y extrañaba de modo irresistible…

 

 

 

 

 

2

 

 

Una mañana, al cabo más o menos de nueve días de exposición, Ian estaba sentado en la oficina del dueño de la galería leyendo un libro, o fingiendo hacerlo. En verdad, no deseaba volver a enfrentarse con ninguna persona, fuese quien fuese… Pero tenía que estar ahí.  Entonces sólo deseaba una vida sin complicaciones. Desanimado por su infructuosa búsqueda, añoraba la hermosa paz de su casa en la orilla del mar, con los ardientes colores del mediodía y la frescura del ocaso en un paraje siempre primaveral…

Eran menos de las diez de aquella otra mañana, cuando Dominic llegó al estudio y entró mirando alrededor suyo como si esperase encontrar algo… Frunció el entrecejo con un aire de preocupación y molestia en los ojos, y se sentó en la cama.

- ¿Dónde está? -preguntó con sequedad.

- Se dan lo buenos días primero -replicó Ian con el cepillo entre los dientes, mirándolo a través del espejo sobre el lavamanos.

- Buenos días, ¿Dónde está?

- ¿Buenos días, dónde está? ¿Dónde está qué? -era comprensible que Ian ignoraba lo sucedido y, sin más ni más, Dominic le dio la noticia del robo de su cuadro inconcluso; mientras se enjabonaba, se afeitaba y se cortaba la mejilla al escucharlo. Entonces se enjuagó, se puso una camiseta y salieron aprisa.

 Nada más cierto para él que había sido ella, la dueña del rostro ausente, quien se lo había llevado. Certeza confirmada al ser hallado un sobre azul en lugar del lienzo, que le fue entregado apenas llegó a la galería. No lo había abierto cuando uno de los encargados le preguntó si llamaba a la policía. Dominic iba a dar la orden, mas la negativa de Ian fue tajante. La conmoción no le dejaba sacar el contenido… Era una tarjeta que llevaba escrito un acertijo poético que leyó en voz alta:

“Sobre la cima,
bajo el tejado,
eterno anida…
tu amor alado.”

Levantó la vista esperando encontrar la lucidez de la que carecía entonces, mas no halló sino el espejo de sus tinieblas… Devolvió las palabras al sobre, lo dobló con esmero, se metió con él en un bolsillo de su pantalón y se fue… Dominic sabía que detenerlo sería vano y que no estaría más en su estudio.

 

 

 

 

 

3

 

 

Tras la puerta de tela metálica, Ian cruzaba sus brazos dando a entender con un gesto infantil  que se negaba a abandonar su casa de la playa.

-Veo que me equivoqué al pensar que volverías después de un par de días…-aquél callaba sin dejar su posición- ¡No puedes aislarte sólo por un estúpido papel! No hay dudas de que eres un necio. En absoluto… No sé qué más decir… ¡Media hora ya de paciencia es demasiado!-. Ian seguía mirándolo sin decir palabra alguna. Fue a la cocina, regresó con un jarro de agua y un vaso, salió y llenó el vaso entre las manos del cansado amigo.

- Parece que hace calor… -dijo echándose atrás contra la puerta, rascándose los molestos vellos de la barba descuidada- He tratado de poner en orden mis pensamientos, pero tengo la mente en blanco e insisto en hacer cualquier cosa con tal de mantenerme alejado de mí mismo…  De todos modos sería una estupidez regresar… ¿Sabes dónde está el estúpido papel? -Dominic sacudió la cabeza, apuró el último trago y alargó su vaso. Ian se lo llenó hasta casi derramar el líquido en el suelo y continuó- : En el mismo bolsillo donde lo guardé aquella mañana. No he vuelto a leerlo. Nunca en mi vida me he sentido tan asustado. Es como cuando has deseado algo por mucho tiempo y lo obtienes. No sabes qué hacer con ello, pero te aterra la idea de perderlo… ¿Perder qué?, me pregunto una y otra vez. ¿Un estúpido papel que bien pudo haber dicho un nombre, un número telefónico o una dirección, en vez de un acertijo que prolonga más este absurdo? -suspiró con cansancio- Lamento tu disgusto.

- No importa. Te debía una. ¡Dame ese jarro! -exclamó sonriente y se lo empinó.

- Eres un buen tipo.

- En eso puedes apostar la vida -dijo bromeando.

- Hablemos de otra cosa. ¿Cómo está Teresa?

- ¿Teresa? ¡Bien! Embarazada, tú sabes.

- ¿Para Navidad?

- Sí, si de aquí a allá hay unos tres meses -dijo entregándole los recipientes vacíos.

- Llámame cuando nazca.

- ¡Ajá! …Volviendo a lo otro. Se vendieron todos los cuadros. ¡Es increíble lo que el robo aceleró las ventas!

-Haz lo de siempre… No te preocupes, sólo estoy de vacaciones -Dominic estrechó su mano, sabía que podía irse tranquilo, era justo el descanso. Ian no apartó la mirada de su amigo hasta que se marchó. Luego se sentó en los escalones de la entrada con la cabeza entre las manos y se quedó allí largo rato…

 

 

 

 

 

4

 

 

Amanda pudo haber conocido al autor de su cuadro, siquiera preguntar por su nombre, pues no estaba firmado. Mas sólo había estado vagando por los pasillos y salones de una galería más, sin buscar nada ni a nadie, como era su pasatiempo habitual. Sin estar muy pendiente de nombres… Aún sorprendida y confundida, seguía meneando la cucharilla entre una taza ya vacía, seguía creyendo que el lienzo le pertenecía y que debía estar ahí, en la cálida sala de su nido, no en la frialdad donde lo había encontrado… Años de temores no vencidos empuñados contra su pecho, donde iban a parar entonces todas sus lágrimas por una soledad que temía perpetua y por no haber sabido deshacerse de ella cuando había tenido la oportunidad.

-Perdóname… me aterró la sola idea de encontrarme frente a ti y no sentir lo que he sentido toda mi vida… que te amo… -su belleza palideció entre un suspiro cortado por la duda- ¿Acaso es posible que haya interpretado mal la existencia de esta ave que rompió aquel cascarón azul y ha crecido entre mi palma, ante mi asombro? Dios… ¿Quién es… Pero hay tanta ternura en tus pinceladas que sólo amor podría esperar de ti -se puso de pie y comenzó a subir la escalera que daba a las habitaciones, se detuvo en el descansillo, volvió la cabeza y le preguntó al cuadro- : ¿Por qué no se me ocurrió otra cosa que dejarle ese estúpido acertijo en tu lugar? Debe estar odiándolo a más no poder… ¿Y a mí? ¿Acaso es capaz de odiarme? -y prosiguió lentamente, apagando el resto de las luces, menos la del alba que infalible ya clareaba…

 

 

 

 

 

5

 

 

Casi  un mes después, Ian deambulaba por el mercado que se instalaba cada domingo en el muelle del pueblo más cercano, cuando tropezó con un puesto de duraznos enormes y estaban tan frescos que no resistió la tentación de tomar uno y alzarlo hasta ponerlo bajo el esplendor del sol para admirarlo con detenimiento. Acercaba la fruta a su nariz cuando una mano y una voz femenina lo detuvieron con firmeza.

- Si no pagas, no tragas -y lo desarmó con una de esas sonrisas que saben cómo hacerlo.

- Como quiero tragar, entonces pago. ¿Cuánto es el kilo?

Apenas sacaba dinero de su billetera cuando un rapaz se la arrebató y emprendió la carrera. Ian no había movido un pie aún y ya la vendedora de duraznos iba a todo correr tras el jovenzuelo… Saliendo del mercado, aquél tumbó unas gaveras de refrescos que estaban apilados afuera de una bodega en la esquina de la bocacalle… Del susto soltó la billetera. Iba a recogerla cuando vio a uno de sus perseguidores caerse sobre las botellas rotas y, aún más asustado, continuó la escapatoria… Sus manos ensangrentadas le entregaron la billetera.  Ian se ofreció para llevarla al dispensario.

- Descuida, yo sé cuidarme -le respondió mientras regresaba a su puesto, donde cogió un paño con el que envolvió la herida más grave y le pidió al vecinito de puesto que le cuidara la mercancía.

  - Pero déjame acompañarte. ¡Estás sangrando mucho! -insistió.

- ¿Tienes tu cartera? -le preguntó apretando los labios.

- Sí, aquí está -respondió mostrándosela.

- Entonces, hazme el favor de terminar de comprar los duraznos que yo me ocupo de mi sangre, ¿quieres? -le sonrió de nuevo, mas con un dolor reprimido, y se marchó.

<<Dios mío… -pensaba mirándola mientras el chiquillo pesaba el kilo de duraznos antes pedido- Eres fuerte… ¡Sí que lo eres!>>

       

  El domingo siguiente ella encontró rosas en vez de su puesto. Eran tantas y tan hermosas… que sus manos vendadas cubrieron avergonzadas la emoción de sus labios.

- Son trescientas sesenta y cinco -le dijo Ian mientras se bajaba de su bicicleta.

-¿Por qué? - le preguntó ella al volverse para verlo.

- Por ti… Por  estas  vendas  que  deberían  estar en  mis manos -le  respondía besándole aquéllas que aún se encontraban en el mismo lugar donde la emoción las había dejado. Ella sólo cerró sus ojos cariñosamente-. Por el respeto que siento ante tu fortaleza y… porque casualmente quedaban trescientas sesenta y cinco rosas blancas en toda la ciudad. Una por cada día de este año que espero no acabe sin… -en aquel instante se le cruzó en la mente el enigma por descifrar.

- Sin…¿Sin qué? -preguntó ella, que casi no se oía entre el estruendo de sus latidos. Pero de repente una muchedumbre se agolpó sobre las flores y ella tuvo que abandonarlo para defenderlas, diciéndoles que no estaban a la venta… Para cuando logró deshacerse de aquéllos, él ya no estaba. Una extraña tristeza le sonrió en sus entrañas.

Ian pedaleó hasta quedar sin aliento. Cuando llegó a su casa, soltó la bicicleta en la entrada y corrió hasta aquel pantalón donde aún yacía el sobre azul. Sacó el papel y lo leyó una y otra vez, a gritos hasta anudársele la voz, hasta extinguir su ira más allá, en la playa, sobre la arena, donde el cansancio lo durmió…

 

 

 

 

 

6

 

 

Días después, aquellas manos aún vendadas acariciaban sus cabellos bajo uno de los faroles en el muelle… Acariciar confidente que se entregaba pupilas adentro hasta el alma misma.  Amor de a poco que había ido a buscarlo una tarde fresca, que había tocado a su puerta con cierta timidez, que al verla abierta entró y lo halló tras la mesa de la cocina con los ojos arrasados de lágrimas y se desternilló de risa cuando él, apenado,  soltó el cuchillo e  intentó cubrir con un trapo la cebolla que estaba cortando en trozos menudos… Fueron aquellas risas culinarias las que les anunciaron la procreación de un sentimiento limpio. El mismo que luego les llevaría, en prolongados paseos con los pies desnudos sobre la arena, con las manos entrelazadas, unas veces… Abrazados, otras…

- Me gustaría quedarme en tu vida y aprender de memoria cada uno de tus gestos, para entenderte sin palabra alguna… -le decía  Ian  aquella otra tarde en la que admiraban el inmenso colorido natural que les rodeaba, sumergidos hasta la cintura entre las olas cristalinas de la ensenada.

- Nunca me dejes ir… Nunca te vayas de mí… -le pedía ella con el cielo sin nubes de su mirada, primero en el horizonte y después en aquél, quien le aseguró, no con una promesa sino con un beso pleno de ternura… que así sería. Aunque desentrañase aquel enigma y, al hacerlo, encontrase a la mujer que lo había escrito, quien ya era sólo una necia obsesión que le había atormentado hasta el límite desde su infancia. La buscaría, sí.  Pero estaba dispuesto  a  no  perder  a  quien se alojaba entre sus brazos, no.

 

 

 

 

 

 7

 

 

Amanda sufría. Amanda volvía a la galería, mas nada quedaba de su pintor anónimo. Tampoco se atrevía  a  preguntar por él.  Amanda subía los mismos escalones cada noche y sufría y se detenía en el mismo lugar.  Amanda se hacía la misma pregunta y apagaba las mismas luces, escuchando la misma respuesta:  el silencio…

 

 

 

 

8

 

 

Del almanaque pendían los últimos días del año. Los habitantes de aquel pueblo tenían la costumbre de construir y adornar un enorme  Nacimiento en el muelle, en medio de una sencilla y amena fiesta que se celebraba el veintiuno, invitando incluso a los que estuviesen de visita.  Una vez encendidas las luces,  todos se detenían a contemplarlo… henchidos de una mezcla de alegría, nostalgia, satisfacción y cansancio que los hacía renacer.  Luego se enfilaban hacia el café, el chocolate caliente y una gran variedad de galletas caseras. Y bailaban hasta más no poder…

Ya era Nochebuena… Había oscurecido temprano hacía y mucho frío. Ian le daba un último apretón a su corbata frente al espejo de cuerpo entero que se hallaba en la sala… Era de buena estatura, de contextura bien tallada por el trabajo físico y de esas caras que vienen a ser atractivas, más por su agradable expresión que por su apariencia.

- ¡Perfecto! -dijo irónico,  con la miel de sus ojos llena de alegría- Y pensar que hoy le pedirás que se ca… ¡El regalo!  Lo deje en… ¡El cuarto!  -fue a buscarlo en el armario y en uno de los anaqueles tropezó con el sobre azul que le removió algo que había estado postergando. Lo agarró, lo miró por delante y por detrás, tomó el obsequio y salió. Pasaba por la cocina cuando se detuvo-  Pensé…  sentí que tenía todo cuando te estaba abriendo la primera vez, pero resultaste nada.   Nada más que… -guardó el obsequio en el bolsillo interior de su chaqueta y rompió aquel sobre hasta despedazarlo por completo, como aquél lo había hecho con su alma- ¡Un estúpido papel, un estúpido acertijo que ya me hartó! ¡Estos tres últimos meses han sido los mejores que he vivido y lo he hecho sin ti!  Y es que la amo… En serio… ¡Y tú no vas a interponerte en nuestro camino!  Sabe Dios quién eres y dónde estás.  Has de ser demasiado cobarde para mi gusto y… -sonó el teléfono, miró el reloj en la pared, eran las siete y cinco. Dejó los pedazos sobre la mesa de la cocina y contestó.  Era Dominic… - Sí, estoy bien. ¿Y tú? ¿Y Teresa, ya tuvo...?

- Está en eso, estoy llamando desde la clínica.  Pero tengo algo aquí que creo te puede interesar.  Me lo mandó la galería.

- Después, Dominic, después.  Hoy no se habla de negocios.  Además, voy saliendo a cenar.

- ¡No!  ¡No es negocio!  Es… Es que recibieron el cuadro esta mañana y… tengo aquí  otro  sobre azul.  No sé qué quieres que haga con él… El cuadro está con ellos… ¡Aló!  ¡Ian! -aquél había enmudecido- ¡Aló!

- Léelo.

- ¿Qué?

- ¡Léelo! Por favor… -su rostro se había ensombrecido, temblaba y sudaba- Alguien me espera…

- Sí… Claro… A ver… Dice :  <<No te quiero más en mi vida.  Ahora sé por qué te envié un acertijo en vez de citarme contigo. No deseo que me encuentres. Confiemos en que algún día no pensaremos más en el asunto. No me busques más, por favor. Ponle cualquier otro rostro, ya no podrá ser el mío… Adiós.>>

- ¿Es todo? -preguntó con cierto asombro.

- Sí.

- Bien… -respiró profundo como sintiéndose libre por completo, aunque en el fondo estaba decepcionado y molesto-  Cuando puedas, lleva el lienzo a mi estudio, ya veré qué hago con él… Llámame cuando nazca el…

- ¡Será niña! -interceptó Dominic- Ya lo sabemos.

- Bueno… Llámame y que todo salga bien… Rompe ese mensaje con todo y sobre, y bótalo. Gracias… Se me hace tarde. Buenas noches, Dominic… ¡Feliz Navidad! -agregó y colgó. Luego abrió la puerta y salió. El viento soplaba muy fuerte y el frío se le colaba bajo la chaqueta. Se había sentado en su carro cuando recordó que había olvidado el pan de jamón y regresó. Vio los papeles rotos y los echó en la cesta de desperdicios- ¿Adiós? ¡Qué fácil te resultó deshacerte de toda una vida de búsqueda! Quizás tan fácil como tirar a la basura esos papeles… Creo que es justo hablarle de ti y confesarle que no soy un vago con dinero -alcanzó el pan y volvió a salir.

 

 

 

 

 

 9

 

 

Aquella casa había sido propiedad de sus abuelos maternos, quienes se la cedieron al irse a vivir al extranjero hacía más de diez años. Herencia que no se había atrevido a modificar, excepto por su habitación y la alfombra de la sala.  Ella aún estaba en la cocina cuando él llegó. La ayudó a terminar de poner la mesa y a deshojar un par de humeantes hallacas. También tuvo que cortar el pan y servir la bebida.

Delicia hallaban en mirarse sin reparar en el sabor de lo ingerido. Sinfonía perfecta la de aquella conversación silente que ambos compartían con absoluta entrega…

Con la excusa de las vendas, ella no lavó un solo plato y, mientras él lo hacía, ella servía un par de tazas de chocolate caliente y las llevaba a la alfombra frente a la chimenea, que abrasaba la leña con avidez.

- Érase una vez un Príncipe Azul, muy bien parecido, que amaba con todas sus fuerzas a una joven, no muy agraciada, nacida en el Principado de Vagolandia, mejor conocida como Princesa Vendas… -le decía Ian mientras se le acercaba.

- ¿¡Vagolandia!? -exclamó sorprendida- ¿Acaso no es usted, Príncipe Feo -replicaba con énfasis, mientras él se acomodaba a su lado-, quien no posee oficio conocido, más que el de vagar por los mercados pretendiendo, no obstante su fortuna, comer gratis ? Y encima le gusta usar un extraño modelo de corbata mojada… ¡Y está fría!

Ambos soltaron las incontenibles risas que casi derramaron el chocolate…

- ¡Soy pintor! -le confesó entre carcajadas- Y quiero casarme contigo… -ella paró de reír.

- ¿Qué dijiste ? -le preguntó sonriendo con inquietud, mientras él intentaba detener su risa.

- Cásate conmigo, Amanda… -dijo seriamente y luego esbozó una tímida sonrisa rogando aprobación.

- ¿Casarme… contigo?

- Sí, tú sabes… Los declaro marido y mujer, puedes besar a la novia y todo eso… Vivir bajo el mismo techo, el tuyo o el mío  u  otro, que será nuestro… Compartir las penas y las alegrías…

- ¿Te casarías con la mujer que te hizo lavar todos los platos y ollas y copas y vasos y cubiertos, aun cuando ya han sanado sus heridas y no necesita más de estas vendas?

- ¿Me estás diciendo que tú… Déjame ver…

Ella misma descubrió sus manos y las alzó mostrándoselas por delante y… por detrás… Y se asustó al ver aquel rostro transformado por un sentimiento confuso… Ian se aferraba a su mano derecha, mirándola y recordando cada dibujo conservado en una carpeta, primero por su madre, porque era muy niño. Luego, por él. No sólo porque había crecido, sino porque aquélla se había ido…  Lloraba y sonreía con dulce amargura, mientras ella, estremecida, iba comprendiéndolo y acariciándolo… Mientras afuera parecía que el viento emulaba aquellos sentimientos tratando de derribar la densa vegetación que los rodeaba.

Él sólo miraba fijamente la señal del fin de su búsqueda. Ella sólo lo miraba a él fijamente sintiéndose feliz de aquella burla Divina que les había enseñado, en distintos caminos, a amarse, a esperarse, a buscarse y, sin que se dieran cuenta alguna, encontrarse cuando sus almas estuviesen en su punto…

- Sobre la cima, bajo el tejado, eterno anida tu… amor alado… -dijo por fin, mirándola con los ojos ahogados-  Debí… Debí comprenderlo cuando vine aquí la primera vez, cuando me dijiste que vivías cuesta arriba.

- Ian…  -ella le secaba las lágrimas-  Esta vez no son por las cebollas… -ambos sonrieron.

- Quizás pensaste que era más inteligente.

- Quizás Dios nos quiso distraer mientras pasaba entre nosotros lo que pasó. Si no… tú estuvieses enclaustrado en tu casa y yo aquí, sin…

- O no hubiese sentido lo que siento ahora, si te hubieses presentado en la galería.

- ¿Y qué sientes ahora?

- Pues… Ahora y siempre… -la estrechó entre sus brazos intensamente y le contestó-  Que aprender a vivir duele, pero reconforta.  Que te amo… ¡Pero no se te ocurra volvérmelo  a  hacer!

El viento calmó su ímpetu y permitió que Ian regresara a su casa comenzando la madrugada.  Frente a él, el mar…  Le dolían los músculos de la cara y no había dormido, pero se habían encontrado y contado todo. Estaba tranquilo…  Se había descalzado, el pantalón se adhería a sus piernas al entrar en la helada agua. Disfrutaba enterrando y desenterrando los dedos de sus pies en la arena del fondo.

- ¡Dios mío! -exclamó aliviado y alegre- ¡Gracias!

El teléfono insistía adentro y él corrió hasta la sala. Era Dominic…

Apenas había colgado cuando Amanda llegó y se detuvo en la puerta. Su aspecto era tan serio que le hizo recordar la mirada de aquella ave. Ella extendió su mano con un gesto interrogante. Él se le acercó y se la tomó con solemnidad, la llevó hasta la playa donde le pidió que se sentara en un kayak volteado boca abajo y se echó a reír dejándola estupefacta. Se tumbó en la blanda arena y ella se echó sobre él atrapándolo por las muñecas. Él no paraba de reír y ella, que ya casi no podía contener su risa, le exigía explicaciones.

- ¡Ya basta, Ian! ¿Por qué te ríes? ¡Es en serio! ¡Mira, se ha ido!

- ¡Lo sé, lo sé!  Y  ya  no estará más…

- ¿Por qué? -le preguntó incorporándose con tristeza.

- Porque ya no te quiero -le respondió.

- Pero…

- ¡Mentira!  Solamente quería ver cómo te ponías. Esa bendita tortura voló hasta la tierna palma de una recién nacida, cuyo padre me acaba de prohibir que me le acerque. Ahorita, cuando llegaste.  Pero ya le expliqué todo.

Ella suspiró y apretó una lágrima de nostalgia entre el puño despojado. Él la abrazó diciéndole que no se marcharía.  Nunca, le aseguró… Era todo lo que deseaba escuchar entonces.

 

Aquel inolvidable lienzo había encontrado su rostro ante el asombro de los de la galería:  el de Amanda. Y perdido al águila que entre sus hilos había nacido y crecido para signar con su azul único la perpetuidad de un amor inquebrantable, vedado para los de espíritu material  y  estéril…









 
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